sábado, 3 de diciembre de 2011

LA BANDA NOS VISITA (Shemá Israel (Deuteronomio 16:4))


Título original: Bikur hatizmoret
Dirección y guión: Eran Kolirin. 
Duración: 85 min. 
Interpretación: Sasson Gabai (Tewfiq), Ronit Elkabetz (Dina), Saleh Bakri (Haled), Khalifa Natour (Simon), Imad Jabarin (Camal).


  En el Deuteronomio, que cierra la Torá, el libro sagrado del judaísmo, aparece el verso que da nombre a una de las principales plegarias de dicha religión: “Shemá Israel”, que significa “Escucha, oh Israel”. Es una de las cosas que aprendí durante mi reciente viaje a Israel, un país fascinante. En el viaje en avión, mientras comía pan de pita y falafel, se proyectó esta película israelí sobre la importancia de escuchar al otro para lograr el entendimiento entre las culturas.

  El film sigue las desventuras de una banda de músicos egipcios que por un malentendido acaban perdidos en un pequeño pueblo israelí en medio del desierto. La rutina diaria de los habitantes de este pueblo se verá completamente trastocada. Hebreos y musulmanes compartiendo un día de sus vidas, dejando de lado el enfrentamiento atávico levantado durante años, convertido ya en costumbre, para darse cuenta de que tienen más cosas en común, que les une algo más que la indiferencia mutua, cuando no la violencia.

  Bajo esta premisa se desenvuelve esta tierna y delicada película, impregnada de un humor ingenuo y agradable sobre un trasfondo amargo. Pequeño y sencillo film que cosechó la polémica (a su pesar) debido a las críticas desatadas por ciertos grupos radicales del país (lo que viene a demostrar que en Israel es imposible escapar del conflicto, incluso con una película amable a la que no se le puede reprochar ningún posicionamiento) y, sobre todo, por su descalificación como candidata a la Mejor Película Extranjera en los pasados premios Oscar, debido a que gran parte del metraje es en inglés, lengua franca de los personajes para entenderse. Culminaba sin el mayor de los premios esta película que arrasó en los premios de cine de su país originario y multipremiada en numerosos festivales como el de Valladolid (Mejor Guión), Cannes (premio Un certain regard), Montreal, Tokio… y también en los Premios de Cine Europeo (sí, Israel es Europa): Descubrimiento del año para su director y mejor actor para un inmenso Sasson Gabai, poseedor de una adusta expresividad y una conmovedora mirada. Es el más destacado de un plantel de buenos actores entregados con mimo a sus personajes necesitados de amor y comprensión.

  Una película que aboga de manera sencilla por el diálogo, falto de sentido si no se escucha al otro. Que nos provoca una sonrisa triste, pero que da significado a esa palabra utópica con la que los judíos se saludan y se despiden, esa palabra que significa paz: “Shalom”. 


viernes, 2 de diciembre de 2011

Yo me acuerdo de... La carcoma

[NOTA: El siguiente relato, inspirado en mi abuelo, lo escribí cuando tenía 18 años, allá por el Pleistoceno. Ganó el concurso de cuentos del instituto en el que estudiaba entonces, con el título que le puse entonces "Vives en sueño".]

LA CARCOMA

         
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy  alegre, alegre de que no sea cierto.

Pablo Neruda
                           

  Despierta, estoy aquí, sentado junto a tu cama. Soy tu nieto, tan distinto de ti. Estoy aquí, esperando que despiertes. Y despiertas, al fin, pero no estás en este mundo, estás en otro, en el mundo de los sueños. Ermitaño en la caverna del cráneo, filósofo de lo irracional. Vives en sueño.

He empezado a escribirte esta carta que no sé si lo es, pues nunca llegará a ti, nunca leerás esto que te escribo. Quizá sólo sea un pretexto para combatir el aburrimiento, pero sé que una parte de ti puede oírme, me comprende, sabe quién soy. Sé que en algún sitio oscuro estás escondido (muy lejos), y eres el de siempre, eres tú. Y lo sé porque ayer me cogiste de la mano con fuerza, te agarraste a mí para no caer, y me miraste. Y esos ojos tuyos no eran de un enfermo desmemoriado: te vi el brillo de la inteligencia perdida en la mirada, eras consciente de tu estado, de tu decrepitud, de tu final. Y estabas asustado, temblando de frío en lo más hondo de tus pupilas, llorando, clamando; y no me hablabas pero te oía, te escuché durante esos segundos que volviste a la vida, y me decías que estabas cansado, que te ayudara, que no podías más… Y, de repente, se te apagó la lucidez y volviste a tu expresión desconcertada y ausente. Y a mí no me queda más que llorar de impotencia en este sillón.

Desde que te internamos aquí, en este depósito de almas cansadas y viejas que huele a medicamento y desinfectante, nos turnamos para estar contigo y que no te sientas tan solo. Yo vengo cada tarde y te leo el periódico, te hablo, te escribo. Tú no te enteras de nada, pero yo te cuento todos mis problemas y pesares sin esperar consejo alguno, que nunca fue tu costumbre. Las enfermeras me miran con cariño y, cuando lo hacen, dicen: Es que es más mono, más rico. No es corriente ver a chicos por aquí: las mujeres cuidan de los ancianos, los hombres no.

Es éste un lugar triste donde los viejos se secan al sol esperando morir. Un lugar donde el tiempo pasa muy despacio. Y no nos damos cuenta de que estos viejos palpitan (sus corazones de arena laten), no son un margen de lo humano: estos pobres esqueletos se amarran al pellejo porque es la vida, y ellos aman la vida, pese a todo. Por eso -porque vives-, a veces, doy un paseo contigo por la residencia para que te dé la luz de otras habitaciones y veas el jardín, y descubras de nuevo el agua, las nubes y los pájaros. (Los árboles son violines cuya música es el azul del cielo.) Has cogido una rama seca  que arrastras sentado en tu silla de ruedas y dices que este suelo de linóleo está duro, seco, no sirve para plantar tomates, es muy mala tierra. Porque tú eres un hombre de huerto y de pueblo, de árboles. Un niño de la posguerra marcado por el hambre todavía en tus setenta años. Y es que aún sientes angustia al ver platos que no se vacían, y te obligas a comerlos casi sin respirar. Tú, que ayudaste a nacer a tus hermanos, que erais doce, y que leías a escondidas a la luz de una vela que te destrozó la vista, porque tú sólo sabes leer y escribir, sumar y restar; que fuiste un hombre culto y autodidacta, que enseñaste a leer a tu amigo Paco y a otros soldaditos que conociste durante el servicio militar, donde te apodaron “el Maestro”, aunque tú sólo sabías sumar y restar, leer y escribir. Y fue Paco el que te dijo que su novia por correspondencia tenía una amiga. Una amiga con la que empezaste a cartearte para tener a alguien que te esperara fuera, y a la que escribías poemas que copiabas del libro Rimas, de Gustavo Adolfo Bécquer. Y Luz (así se llamaba la moza), que sí sabía leer y escribir pero nunca le gustaron los libros –tan diferentes erais- no se podía creer que alguien le dijera semejantes cosas, tan bonitas, y creyó haber encontrado al amor de su vida. (Tardó años en saber la verdad.)

Así conociste a la que años más tarde se convirtió en la Yaya –pues para mí no tiene otro nombre-, una mujer de risa contagiosa y carácter indomable, pero tremendamente sensible y frágil. Y es que te casaste con una mujer contradictoria y algo desnortada, una hembra llamativa y presumida que hoy es una rubia oxigenada amante de los bailes de salón, una Marilyn Monroe de la tercera edad. En definitiva, lo contrario a ti: un hombre alto y delgado, de pelo escaso, señor de pocas palabras y esclarecedores silencios, poco dado a mostrar tus sentimientos. A veces das la impresión de ser frío y seco, pero es que nunca te ha sido permitido llorar. Que yo recuerde, siempre desayunabas una lata de berberechos y llevabas dos relojes en cada muñeca, tan correcto y puntual eras. Dos personas como vosotros sólo podían acabar juntos por azar, ya que formáis una pareja antagónica: tú, que odias la política, te casaste con la mayor admiradora de Fidel Castro. Tú, ateo porque la guerra no te dejó otra opción, casado con la Yaya, que en  todas las reuniones familiares despierta de su ensimismamiento para cantar una coplilla y gritarle ¡Guapo, más que guapo! al retrato fluorescente de Jesucristo que compró en un Todo a cien. Aunque nunca tuve claro si eras creyente o no, porque tú “rezabas”: hablabas con Dios como si de un amigo querido pero impertinente se tratara, teníais discusiones encendidas en las que le echabas unas broncas tremendas por lo mal que andaba el mundo. Y, sin embargo, proclamabas ser ateo. Una vez te pregunté si creías en Dios y me contestaste:
    
-Eso sólo lo sabemos Dios y yo.

Ahora te miro y no te veo. ¿Dónde estás? ¿A dónde te has ido? Te busco por los rincones de esta  habitación blanca y no encuentro ni rastro de lo que fuiste. Tan grande, tan fuerte eras. Ahora estás encogido, pequeñito en tu cama desapareces bajo las sábanas, reducido a la condición de vegetal, de bebé septuagenario que necesita ser bañado para lavarle el olor a orines, y a cambiarle ese lienzo áspero que le hace llagas. Hay que enseñarte a comer, a vivir; como a los niños chicos. ¿Quién eres tú? Eres un niño, yayo, un niño inocente que descubre el mundo con la mirada cascada y que quiere coger el Sol con las manos engarfiadas. Ésas por las que dices que te corren hormigas, hormigas rojas que te hacen cosquillas.

Sí, yayo, eres un niño. Un niño al cual yo debo proteger.

Me he quedado esta noche contigo. (Duermes. ¿Qué sueñas? Quisiera bucear en tus meandros.)  No hacía falta, es cierto, pero quería quedarme. Y es que siento que te vas y no vuelves. Y quería revivir esos momentos en que era niño y tú eras la feliz alternativa a los padres. Después ambos crecimos (sobretodo yo) y esos momentos se distanciaron en el tiempo. Y, sin embargo, aún me queda esa ilusión infantil que tenía cada vez que íbamos de visita a casa de los abuelos. Por eso, yayo, porque en el fondo soy un niño como tú, esta madrugada en que sentía arena en los ojos a causa del insomnio, me he imaginado que te llevaba en tu silla de ruedas y que corríamos a toda velocidad por pasillos interminables, y que cada vez que cruzábamos una esquina el pasillo era de diferente color y no todo blanco aséptico. Y que la inercia nos hacía volar y atravesábamos nubes y océanos. Y veíamos millones de estrellas como ésta  * , y nos perdíamos allá a los lejos.

Pero imaginar no sirve de nada si uno no se lo cree.

Hace unos días, cuando vine a verte, no te encontré. Te habías ido. Pregunté a las enfermeras dónde estabas, pero no sabían. Te levantaste de la cama y anduviste. Descubriste que podías caminar, aunque te convencimos de lo contrario después de que protagonizaras una huida hace meses. Estuviste perdido un día entero, hasta que te encontró la policía caminando sin rumbo por la carretera mientras un aguacero caía justo sobre ti formándote ríos en los cauces secos de las arrugas. Te excusaste diciendo que habías ido a buscar un tesoro que sólo tú sabías dónde estaba.

Y volviste a hacerlo. Las enfermeras empezaron a dar la voz de alarma, pero les dije que no hacía falta: te acababa de encontrar. Volví a la habitación y me asomé a la ventana. Entonces te vi, solo en mitad del parque mirando al sol crepuscular. Atardecía y tu sombra era un tajo profundo en la arena.

Bajé corriendo las escaleras y atravesé la extensa superficie de tierra hasta donde te encontrabas. Tu camisón blanco reflejaba los últimos rayos del día, irradiabas luz.
    
-Yayo…

Puse mis manos sobre tus hombros, pero no te volviste. Mirabas al cielo con los ojos desorbitados. Estabas aterrado.
    
-¡El cielo está sangrando! –Gritaste de repente, y te caíste, pero conseguí sujetarte antes de que te golpearas- ¡El cielo se está muriendo! ¡Sangra, se muere!

Yo intentaba levantarte pero tú no me dejabas, no parabas de mover los brazos, me arañabas. Y chillabas. No pude aguantar más. Nos caímos y acabamos tirados en el suelo. Me esforcé en no llorar, pero no pude. Dejé caer la cabeza sobre las manos mientras tú:
    
-¡El cielo, el cielo sangra!
    
-Que no, yayo, que no – te lloraba yo-. Que es el arrebol.

En ese momento una bandada de enfermeras venía hacia nosotros.


 Todo empezó hace un par de años. Al principio se te olvidaron las fechas señaladas, el día en que vivías y dónde habías dejado tal cosa. A veces yo me enfadaba contigo porque creía que me tomabas el pelo y desconfiaba de tu memoria de pez. Pero llegó un momento en que sólo recordabas episodios de tu juventud y vivías en un mundo ya pasado. Después se te agrió el carácter y te volviste violento, no te aseabas y había que ayudarte en lo más simple. Desde entonces tu vida ha sido un continuo decaer. Así llegaste a esta reniñez en la que te encuentras. Has retrocedido en el tiempo, pasando por todos tus estadios vitales y ahora temo que vuelvas al estado de cigoto.

La enfermedad te ha robado la vida convirtiéndote en un pelele sin memoria, porque no tiene vida quien no la recuerda. Por eso escribo esta carta, para que tu vida sobreviva a la muerte y al olvido, que es otra forma de morir. Escribo por impulsos, a trozos, tropezándome con los puntos y las comas, a ráfagas frenéticas y extenuantes en las que vomito la angustia que me produce esta soledad. Y acabo exhausto preguntándome qué hago, qué escribo.

Escribo para ganarle esta batalla perdida a la carcoma que te arruinó el cerebro.

Te has muerto hoy, día de Todos los Santos –qué chiste más malo: tú, que nunca lo quisiste ser.

Estaba viéndote dormitar cuando levantaste una mano de pronto. (Mano traslúcida que muestra el entramado de tus venas azules, los tendones estirados, tus nudos de encina, la electricidad que recorre tus nervios.) Me apresuré a cogértela y tras unos segundos con la vista fija en el techo susurraste:
    
-Se me olvidó vivir.

Después me miraste y cerraste los ojos.

Miré alrededor para ver si veía tu alma saliéndose del cuerpo pero no vi nada, sólo unos destellos minúsculos.

No sé cuánto tiempo estuve así, pero recuerdo que lloré en silencio, tranquilo, olvidado de todo, como rodeado de una oscuridad quieta donde nada era. Sentí alivio –por ti y por mí- , y esa sensación me hace sentir culpable.

Y aquí estoy, con los ojos húmedos y enrojecidos, caminando por este pasillo de gélida luz cenital. Mis pasos resuenan como ecos. Dejo atrás habitaciones, vidas de las que ya no sabré, pues en unos segundos todo va a acelerarse a mi alrededor (trasiego, carreras, sábanas, desconcierto, llamadas, lloros) y ya no volveré a este lugar. Voy a avisar a las enfermeras.

Pienso, mientras doy estos pasos (acto motor que tú ya no harás), que en este momento, en alguna parte, estarán naciendo mil, cien mil niños, que reciben bofetadas en el culo como recibimiento a este mundo –y así obligarles a respirar, a vivir. Tú mueres y otros nacen. La vida no muere contigo, y no sé si eso es justo.

Pero tú no eres más que un hombre corriente, un hombre normal que vivió su vida como pudo y le dejaron, un hombre que nunca se acostumbró a vivir en la ciudad –tan lejos del mar, tan lejos-, que malvivió con dos empleos y nunca vio cumplidos sus sueños. Un hombre que nació, vivió, se reprodujo y murió; que no escribió un libro, pero sí tuvo hijos y plantó árboles. Un vencido, eterno derrotado. Un hombre como ha habido muchos, un hombre que forma parte de la  Historia de este mundo. Mi abuelo, el Yayo.

Hasta siempre, compañero del alma, compañero.


Fotografía cielo:

WALL-E (La soledad del robot enamorado)


Dirección: Andrew Stanton.
Año: 2008.Duración: 98 min.
Doblaje original: Ben Burtt (WALL·E/M-O), Elissa Knight (EVA), Sigourney Weaver (Computadora).

  Dice Álvaro Mutis: 
Lo último que hará el hombre cuando termine la Tierra es un trozo de poesía para decirle adiós.
  “WALL-E”, podría ser esa poesía.

  La Humanidad ha abandonado el planeta debido a la contaminación, dejando a una plantilla de robots basureros para que la limpien, hasta que vuelva a ser habitable. Después de setecientos años, sólo uno de esos robots queda en activo. Con la única compañía de su mascota, una cucaracha, WALL-E se siente solo y se dedica a coleccionar aquellos objetos que atraen su atención entre tanta basura. Hasta que aparece EVA, una inmaculada robot de eléctricos ojos azules que rastrea el planeta en busca de vida.

  Estamos ante una propuesta atípica, diferente de lo que se espera de una película de este tipo a pesar de que cumple con ciertas convenciones del género como la moraleja y el final feliz que hacen que termine resultando algo tópica. Ahora bien, esto sucede con la trama ya avanzada, cuando se ha disfrutado de unos deliciosos cuarenta minutos iniciales en los que el robot da una nueva visión (una vuelta de tuerca, quizá sería más preciso) a los objetos cotidianos que encuentra (atención al extintor), en la línea de la comicidad muda de Charlot. La diferencia radica en que esos minutos, como gran parte del metraje, carecen de diálogos, por lo que su ritmo pausado puede llevar a los niños (y a algún adulto impaciente) al aburrimiento. A pesar de ello, merece mencionarse el amplio registro de sonidos de los que es capaz el robot, así como su gran expresividad a partir de una increíble economía de gestos, que hacen de él uno de los personajes más carismáticos y entrañables del cine, emparentado con el mismísimo “E.T.”  Pixar logra una de sus mejores películas  fundiendo su sobrada excelencia en la imagen digital con la historia, sencilla y hermosa, de un robot enamorado que homenajea a la literatura de ciencia ficción y a películas como “2001. Una Odisea del espacio”.

  Un día, el Sol se enfriará y no quedará nada. Y habrá que decir adiós. Hasta entonces, disfrutemos con la poesía.




MAMMA MIA! (La madre que la trajo…)


Dirección: Phyllida Lloyd.


Año: 2008.

Duración: 108 min.

Interpretación: Meryl Streep (Donna), Pierce Brosnan (Sam), Colin Firth (Harry), Stellan Skarsgård (Bill), Julie Walters (Rosie), Dominic Cooper (Sky), Amanda Seyfried (Sophie), Christine Baranski (Tanya).


  Digámoslo sin más: “Mamma Mia!” es una mala película, muy mala. Tenía muchas reservas con respecto a ella (como las tengo acerca del género musical) y éstas no sólo se vieron cumplidas, sino que la película las sobrepasó: es peor de lo que imaginaba. Y mi reticencia hacia este tipo de filmes no influye en mi apreciación, pues si me hubiera parecido buena lo diría, pero… ¡es que es muy mala! Las hay peores, por supuesto y está lejos de un suplicio chino, pero desde luego consigue lo contrario de lo que pretende: transmitir alegría de vivir y felicidad.

  Esto último es propio de muchos musicales y no es en absoluto reprochable si la historia está bien contada, pero cuando no tiene ni pies ni cabeza y desbarra por momentos debido a una torpe dirección, el espectador siente que le están tomando por tonto. La impresión final es que la directora (la misma que vuelve a dirigir a la Streep en el biopic de Margaret Thatcher, suponemos que con un estilo en las antípodas de este film)les propuso a los actores pasarse unas vacaciones de ensueño en la isla griega donde transcurre el film y a cambio sólo tendrían que afinar un poco las cuerdas vocales (algo que no todos consiguen). Se nota que el equipo se lo pasó en grande haciendo la película. Otra cosa es que al espectador le pase lo mismo viéndola.

  La historia de Donna -una madre soltera cuya hija de veinte años quiere conocer la verdadera identidad de su padre con motivo de su próxima boda, para lo cual decide invitar  al enlace a los tres hombres que compartieron lecho con su madre en las fechas de su concepción, sin decirle nada de esto a Donna- no tiene consistencia, pues se basa en situaciones inverosímiles y mal desarrolladas y cuy único aliciente, conocer al verdadero padre, se diluye en el sinsentido final de la trama. Ni siquiera las interpretaciones son reseñables, aunque Meryl Streep esté correcta y no cante mal, se le da mejor el drama y el resto de actores no pueden sacar adelante a unos personajes imposibles, sobre todo el de Julie Walters, concebido como un alivio cómico secundario que lo único que transmite es vergüenza ajena. La única que se salva en lo musical es la joven Amanda Seyfried, la que mejor canta de todo el reparto. 

  Por lo tanto, el único aliciente de la película es su banda sonora, pegadiza y jovial, aunque no seas un fan acérrimo de la banda sueca Abba, en cuya música se inspira el film y el musical en que éste se basa. Y eso que no han incluido algunas de las canciones más famosas del grupo como “Fernando” o “Waterloo”. La cinta no gustará a aquellos que no comulguen con su banda sonora, pero dudo que agrade a muchos a los que sí les gusta. No vale el dinero de la entrada, pero sé de unos cuantos se lo pasaron en grande. A fin de cuentas, eso es lo que importa.


  P.S.: Fíjense si es mala que mi padre, otro reticente, a mitad de película se trajo un barreño en el que fingía vomitar cada cierto tiempo…


Yo me acuerdo de esa escena de... Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988)

   Sono spiacente per scegliere di nuovo la fine di un film, ma che culpa ho se questa scena è così meravigliosa? Come sempre, se non vuoi, non la veda. Quello che ti perdi.
  
  Poche cose si possono aggiungere. Questa scena parla per se sola. Salvatore si rincontra con la sua infanzia, quando non era Salvatore ma Totò e può vedere finalmente tutti i baci che il prete del suo paese faceva tagliare da i film con la scusa dell'immoralità e che suo amico Alfredo aveva conservato per fare questo film composto di baci di tutto genere.

  Così, questa scena è un omaggio al cinema e all'amore. Le ultime parole, senza aprire la boca, di quel proiezionista cieco che sapeva quello che non sapeva il prete: che quello che è veramente immorale è la privazione della felicità.



P.S.: Amici italiani, come l'ho fatto?

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Yo me acuerdo de... Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña

“No queríamos que pareciera que habíamos cambiado el mundo con la película”




[Nota:Esta entrevista se realizó con motivo del estreno de la ópera prima de Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña en noviembre de 2007] 

  Luis Piedrahita hace aparecer billetes de cien euros de una tarjeta de crédito a petición de una reportera de un canal de televisión. Es la rueda de prensa posterior a la proyección de La habitación de Fermat, su primera película como director junto a su amigo Rodrigo Sopeña, que también dirige con él el programa televisivo de magia “Nada x aquí”. Están acompañados por parte del reparto, a falta de Federico Luppi y Lluís HomarElena Ballesteros, Alejo Sauras y Santi Millán, que plagó la rueda de prensa de bromas divertidas y capciosas. También les acompañaba el productor de la película,Miguel Monzón, encantado de contarnos que la película ya ha encontrado distribución en Inglaterra y Japón, tras su paso por festivales de cine fantásticos (y los que quedan), una propuesta italiana de adaptar el film al teatro; y, sobretodo, una oferta en firme de una importante productora estadounidense para hacer el “remake” americano. Los directores no disimulan su alegría al oír estos elogios, teniendo en cuenta que su pretensión era “hacer una película abarcable para los dos”, una idea sencilla que presentar a una productora y que encuentra su inspiración en las novelas de Agatha Christie y en cintas como “La soga” o “Crimen Perfecto”. Y no se olvidan de la televisión: se han basado en la dirección de series como “24” o “Perdidos”.

  Tras la rueda de prensa, la entrevista. Nos sentamos con ellos en el vestíbulo del cine Palafox de Madrid, en un sofá y unas sillas. Han atendido a varios medios y empiezan a estar cansados, pero la ilusión por su película les anima a hablar, por lo que la entrevista adopta un tono cordial, para acabar convertida en una animada conversación. En un momento dado, Alejo Sauras se paseaba a espaldas de los directores para cotillear, divertido, sus respuestas a nuestras preguntas.

Pregunta: ¿Y ese salto de la televisión al cine? Acostumbrados a los monólogos de Luis, tan minimalistas, sorprende una película como la vuestra, que da un poco al traste con esa imagen; ¿cómo se os ocurrió dar este salto a la gran pantalla?
Luis Piedrahita: Bueno, las cosas pequeñas siempre han sido… Bueno, la verdad es que los monólogos que siempre los he hecho de temas de cosas pequeñas, pero bueno, por buscar un estilo... La magia siempre la he hecho con cosas pequeñas. Esta película, que sí que es más grande, pero, bueno, la acción transcurre en una habitación muy pequeña, así que algo hay ahí. (Le traen una botella de agua con sabor a manzana) Muchas gracias. ¡Uy, está helada!
Rodrigo Sopeña: Bueno, el cine es una ilusión como la televisión. Lo que queríamos era hacer una película que pudiera entrarle muy por los ojos al productor, que nos dijera: “Bueno”, y entonces… En este caso son cinco personajes dentro de una habitación. Si hay un productor que no puede levantar eso es que ya no puede levantar ningún proyecto. Nosotros pensamos que cinco actores, una habitación, llenan un proyecto con recursos limitados, y ya nuestro trabajo en el guión sería, a esos recursos, sacarles todo el jugo posible. Por eso hay muchas relaciones de personajes, los personajes que hay todos ocultan algo, todos tienen un pasado que no quieren contar y lo que hacemos es ponerles en una situación con tanta presión física y presión psicológica, ponerles en una situación tan tensa en la que se dan cuenta que tienen que contar la verdad cada uno si quieren sobrevivir.

P.: Ha habido un auge de un tiempo a esta parte de películas que se desarrollaban en un pequeño escenario, sin grandes efectos especiales. ¿Creéis que a la gente le gusta este tipo de cine? ¿Habéis pensado en ello a la hora de hacer la película?
R.S.: Yo pienso que desde el momento que hay efectos especiales que lo pueden recrear todo y que ya se puede conseguir todo… En los años ochenta uno podía ir al cine a ver una película de acción esperando ver una historia; desde el momento en que en un anuncio lo pondemos ver todo… Todo ese avance tecnológico de los efectos especiales lleva a que el público lo que va a ver no sea el guión, quizá sea esa la razón de que… Pero, no olvidemos, que hay películas como “Terminator 2” que tienen grandes efectos especiales y un grandísimo guión. Lo triste es cuando haces un guión y tienes medios muy por debajo de lo que necesitas. Nosotros hemos hecho una película modesta porque sabíamos que en nuestra primera película íbamos a tener medios modestos, pero tenemos los medios que necesita la película para contar.
L.P.: Y lo que decías antes: el guión es lo que levanta una película y los efectos especiales, claro, la pueden hacer más grande. Queda ridículo cuando pasa lo contrario, que es un mal guión grandilocuente, y también queda muy mal lo otro, que es: con pocos medios, mal guión, que también hay, películas malísimas en una sola habitación. Lo que pasa es que claro, eso sí que ya no lo recuerda nadie, pero te hago una lista, si quieres.


P.: Vosotros sois guionistas, principalmente, y habéis dirigido por primera vez. ¿Creéis que es lo deseable que un guionista tenga el control de su obra o creéis que hay otros factores que influyen en ello, si creéis que puede ser incluso perjudicial…?
L.P.: Esto es interesante. Yo creo que lo ideal sería que cada uno hiciera lo que mejor sabe hacer. Que el que mejor escribe, escriba; que el que mejor dirige, dirija. Y eso pasa mucho en Estados Unidos. Aquí, en España… Bueno, pasa en Estados Unidos porque el sistema es tan grande que cuando uno escribe, escribe para millones de personas; cuando uno dirige, dirige para millones de personas. En España el mercado funciona de otra manera, y funciona más torpemente.
R.S.: La figura del director de encargo no existe.
L.P.: Claro, no existe. Y si quieres que dirijan en España un guión tuyo tienes que llevarlo y espolear el proyecto, y es muy difícil que encuentres a alguien tan ilusionado como tú, que lo has escrito, para sacar el proyecto como tú, que escribes la historia. Cosa que en Estados Unidos no pasa: uno escribe y luego llega otro superilusionado y saca adelante ese guión con la misma fuerza que el que lo escribió.
R.S.: En nuestro caso, ambos habíamos vendido guiones de largometrajes a productoras, como guionistas habíamos cumplido, teníamos nuestro contrato que estaban de acuerdo y que tal, pero claro, si el proyecto se queda ahí, ¿quién lo va a dirigir? Tampoco hay un director que se encargue de dirigir algo o que se encargue de leer esos guiones. Entonces el proyecto se queda encima de la mesa y la verdad es que el director, el guionista-director, es el único que sabe desde la primera letra que escribe hasta que la peli se estrena en el último país del mundo en el que se estrene, ¿no? Por eso, la verdad, es que nos embarcamos en dirigirla porque otros proyectos anteriores que habíamos escrito con la idea de no dirigir pues no se habían llegado a hacer.


P.: Hay dos frases que me gustaría saber de quién es la autoría: la de “La presión puede convertir el polvo en carbón o en diamante. ¿Eso es de Arquímedes? No, de MacGyver”.
R.S.: La verdad es que esa es de “MacGyver”, de verdad. De la tercera temporada. Es más, te diría que es del mejor capítulo de la tercera temporada. “MacGyver” tiene una maravillosa primera temporada, maravillosa segunda temporada, y en la tercera empieza a bajar el listón y al final hace un invento por capítulo y ya es tremendo. Pero la tercera temporada tiene un capítulo maravilloso y en ese capítulo dice esa frase y es verdad.
L.P.: Y además es un capítulo que tiene bastante que ver con “La habitación de Fermat” porque habla de… Es un capítulo de un concurso en una universidad, de sistemas de cerrar puertas y no poder abrir; y es la historia de, bueno, de un niño que su padre le exigía mucho y ahí está la frase: “La presión puede convertir el carbón en polvo o en diamante”.


P.: Y otra frase: “El mundo está como estaba”, es una frase muy buena para terminar una película.
R.S.: Porque la película tiene un perfil modesto y no queríamos que al final pareciera…
L.P.: …que habíamos cambiado el mundo con la película.
R.S.: La idea es… Ellos, los cuatro personajes, han vivido una gran aventura, pero el mundo está como está. Realmente esas personas no pasan a la historia de las matemáticas ni… lo que han vivido es una experiencia miserable…
L.P.: Sí, sí.
R.S.: Bueno, no. No pongas eso. (Risas)
L.P.: Han vivido una experiencia que no es positiva.
R.S.: No han vivido una experiencia épica como los “300”, no. Han vivido una… (Se dirige a Piedrahita), como tú sueles decir, una…
L.P.: Un truncado, un mal rollo. Porque además… (Aquí Piedrahita describe la escena final, pero no es cuestión de ponerla.)


Lo que sí podemos poner es la canción que ambienta los títulos de crédito finales: "La copa de Europa" de Los planetas.




P.: ¿Cómo ha sido la experiencia de dirigir? Hemos oído que el rodaje fue bastante accidentado, además sois principiantes y sois dos. ¿Con qué dificultades os habéis encontrado?
R.S.: Bueno, ser dos es una ventaja.
L.P.: Es una ventaja. De hecho, no sabemos cómo lo hace la gente que es una. 
R.S.: Pues mira, lo primero que nosotros quisimos es que la habitación disminuyera de verdad y que fuera implacable. Sabíamos que visualmente la habitación tenía que ser algo mortífero, pues no podía ser el típico decorado de serie que todas las paredes se… No, tenía que ser de verdad y estar cerrada de verdad. Y claro, cuatro paredes móviles, que se mueven de verdad, arrastrando trípodes, arrastrando toda la cacharrería del cine: trípodes, micrófonos… pues claro, era más complicado. Y cada vez que había que hacer una toma nueva había que volver todo atrás: todos los muebles atrás, todo otra vez y entonces era complicadísimo repetir, rodar con dos cámaras… Claro, al final eso son…, no sé, tres metros cuadrados, cuatro actores, quince personas de equipo y fue algo muy duro. Pero como la película es angustiosa y la idea es que están sufriendo mucho, ese sufrimiento está integrado en la película, por tanto, se transmite; en teoría.




P.: ¿Cómo definiríais el género de esta película?
R.S.: Nosotros, si tuviéramos un videoclub, la pondríamos en la estantería que pone “Misterio”.
L.P.: Aunque realmente es una peli de “acción de interior”. (Risas.)


P.: Las matemáticas, obviamente, en la película son muy importantes. ¿Esto lo habéis tenido en cuenta como un elemento ya, a priori, terrorífico para los españoles, que siempre estamos los últimos en el ranking? Lo digo porque yo soy un hijo de la LOGSE, a las matemáticas siempre les he tenido pavor, y nunca he sabido lo que eran los números primos.
L.P.: Ah, pues… No. Nosotros somos de letras puras también y no hace falta saber las matemáticas. Las matemáticas no son importantes en la película, son una excusa. Los personajes son matemáticos. Es como si dices que son…
R.S.: …son cocineros…
L.P.: …como si dices que para entender “Los Simpsons” hay que entender de física nuclear. No. Homer trabaja en una central nuclear, pero no hay que (pequeña risa), no hay que saber nada de física nuclear para ver “Los Simpsons”. Pues aquí las matemáticas simplemente es la profesión de estos señores, luego los enigmas que se plantean no son matemáticos y sí lo son los personajes y sus personalidades, que son excéntricas.
R.S.: Los personajes de esta película tienen que pasar de ser muy fríos al principio a muy pasionales al final, y eso es una cosa común a otros matemáticos, sobretodo a los grandes matemáticos que han pasado a la Historia, pues muchos eran muy disciplinados pero también tenían vidas muy tormentosas y es una de las razones por las que escogimos… bueno, que nos fascinaron… El personaje del matemático.


P.: Los detalles en esta película son importantes, de hecho Luis tiene el título de “el rey de las pequeñas cosas”…
L.P.: Sí.


P.: …por muy mal que suene…
L.P.: (risita.) Depende de lo sucios que tengas los oídos. (Risas.)


P.: He visto detallitos. Por ejemplo, sale tu libro. El del pijama.
L.P.: Sale el del pijama, el de “¿Cada cuánto hay que echar a lavar un pijama?”, sale el de los frutos secos también, el del cacahuete (“Un cacahuete en una piscina, ¿sigue siendo un fruto seco?”), sale el libro de Pablo Motos, sale la mano de Rodrigo colocando los muebles…
R.S.: Sale… El cuadro que aparece en la habitación es la portada de un libro de Agatha Christie, el cuadro de una avispa y un avión, el único cuadro que aparece en la película… Hay un montón de referencias y también los attrezzistas pusieron cosas que les gustaban, libros que les gustaban… Hay varios.


P.: Vuestra vinculación con la magia, aunque decís que sois aficionados; pero tenéis un programa de magia…
R.S.: Luis es campeón de España de magia.
L.P.: Pero no me dedico profesionalmente a ello. Nadie me puede contratar para que haga magia a sus hijos en una comunión. (Risas.)


P.: ¿Vuestra afición ha ayudado a la hora de escribir la trama, por eso de los engaños, las ilusiones, para llegar al “prestigio”?
L.P.: Ayuda desde un punto de vista y es que el gusto y la afición que nos ha llevado a investigar la magia también nos ha llevado… Somos las mismas personas con esos gustos, entonces… las trampas (las herramientas, no las trampas), que se utilizan en la magia de enseñar y ocultar una pista y que una cosa parezca algo y que luego realmente sea otra cosa, y que todo tenga un doble significado, eso está en la magia: hay una estructura muy de dirigir la atención del espectador al lugar opuesto de donde está sucediendo algo gordo, pero delante de tu mirada está también lo que está sucediendo. Todo eso está en la magia y está en esta película de suspense.
R.S.: Yo diría que el ingenio y la voluntad de sorprender al espectador es un ingrediente que es común para el humor, para la magia y para el misterio, el suspense.



  “La habitación de Fermat” se estrena el viernes 16 de Noviembre en los mejores cines (“y en algunos de los peores”, en palabras de Luis Piedrahita.)





  Agradecimientos a Lucía Tello y a Andrés León, por su simpatía y sus preguntas.

martes, 29 de noviembre de 2011

Yo me acuerdo de esa escena de... Las amistades peligrosas (Stephen Frears, 1988)

   Lo que viene a continuación es un spoiler de la hostia,tanto el texto como el vídeo, así que si no has visto la película no sigas. O sí.

  Una de las mejores películas de época jamás hechas y una de las mejores interpretaciones femeninas. Glenn Close, en el mejor papel de su carrera (a falta de verla vestida de hombre en Albert Nobbs, el óscar ya tiene dueña este año con permiso de Meryl Streep / Margaret Thatcher) crea una escena antológica sólo con su cara, desmaquillándose mientras llora tras haber perdido todo cuanto tenía y repudiada por la alta sociedad (lo que es peor que la muerte para ella), en la escena final de la película.