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martes, 25 de septiembre de 2012

Yo me acuerdo de... "Berlin", de Lou Reed


  Tras casi tres meses desde la última nota, reinicio la actividad de este blog. Las razones para este silencio vacacional son que durante estos últimos meses asistí a menos pases de prensa y, en última instancia, que no me apetecía escribir las críticas. No es que me cansara de ello, pero estaba (y sigo estando) escribiendo una historia que me ronda desde hace más de año y medio; una historia muy exigente emocionalmente que me quitaba bastantes energías, energías que dediqué casi exclusivamente a ella durante el último año y aún más durante los meses de verano. 

  Hay otra razón: me he mudado a Alemania, como Alfredo Landa y su Pepe. Es curioso cómo la historia se repite con los españolitos, aunque debemos reconocer que los mismo que emigramos no lo hacemos en las mismas condiciones que los que lo hicieran en los sesenta. El caso es que he empezado a trabajar en un proyecto cultural que me va a tener en el país germano por lo menos un año, aunque si la situación española sigue como hasta ahora y yo me encuentro igual de bien que en este momento, es probable que me quede más tiempo, si las circunstancias se dan, que uno nunca sabe. Durante este mes de septiembre me he centrado en adaptarme a este nuevo proyecto y a las rutinas y obligaciones que toda mudanza y cambio de vida conllevan. De paso, he aprovechado para descansar de mi proyecto literario y dejarlo reposar, y creo que a ambos (la historia y a mí) nos ha venido bien. 

  Mi nueva ciudad es Potsdam, preciosa y tranquila capital del land de Brandeburgo (sí, se escribe así), a apenas media hora en tren de Berlín, ciudad a la que siempre quise volver y vivir desde que la visité con dieciséis años. Últimamente vengo comprobando que hay muchísimas canciones dedicadas a esta ciudad (un buen número de ellas italianas, curiosamente). Elijo la que quizá sea la mejor y más conocida, ésta de Lou Reed con la que se estrenaba como solista al margen de la Velvet Underground. Irónicamente, es una canción de despedida a un amor intenso y real, el de su relación con la cantante Nico, a la que se ve al fondo de la imagen en el vídeo. 

  No sé qué será de este blog en los próximos meses, puesto que veré menos películas y escribiré menos críticas, quizá se convierta en algo más personal, aunque dudo que acabe siendo un diario de viaje pues nunca he tenido la paciencia suficiente para escribir un diario. Sea como sea, lo encaro como encaro esta nueva etapa y esta canción y a Berlín: como una oportunidad para despedirse y al mismo tiempo, epezar, continuar y vivir. 

sábado, 30 de junio de 2012

Yo me acuerdo de... El amante menguante (Pedro Almodóvar, 2002)

 Quizá pueda sorprender que el título de esta entrada no sea "Yo me acuerdo de esa escena de... Hable con ella", película en la que está insertado este cortometraje. La razón es porque creo que esta maravillosa pieza cinematográfica tiene la bastante entidad como para defenderse a sí misma y ser considerada una obra aparte (que, eso sí, complementa la película), que, en mi opinión supera al film. Se enmarca así en ese conjunto de cortometrajes que Almodóvar inserta en sus películas o como contrapunto a ellas, y que integran, entre otros, "La concejala antropófaga", con una fantástica Carmen Machi, o algunos de los anuncios que insertaba en sus primeras películas, como el de café de "¿Qué he hecho yo para merecer esto?", el del detergente "Ecce Homo" de "Mujeres al borde de un ataque de nervios" o el del plan de jubilación de "Átame".

  Como muchos españoles, mantengo una relación tirante con el cine de Almodóvar, y me carga que sea el único director español que sepan citar en el extranjero y esa devoción sin reparos que le tienen; pero hay que reconocer que ha puesto la cinematografía española a un nivel internacional que, por lo general, no había tenido hasta antes de él. 

 La mayoría de sus películas, sin disgustarme, no terminan de convencerme y algunas me han horrorizado, o partes de algunas. Pero, cosa rara, hay películas suyas que en un primer visionado no me gustaron y a las que luego he vuelto repetidamente y me han emocionado. Es el caso de "Todo sobre mi madre", posiblemente su mejor película. Lo que sí se le debe reconocer, en todo caso, es un estilo único y reconocible (hasta el punto de acuñar el adjetivo "almodovariano", que no me extrañaría que acabara incluido algún día en el diccionario) y una maestría y refinamiento estéticos innegables, de las que esta "Hable con ella" y este corto son el culmen.

 "El amante menguante" se adelantó a la reciente revisitación del cine mudo encarnada por "The Artist". Su elegancia y belleza para condensar en tan poco tiempo un episodio tan repugnante como una violación (aun con los atenuantes que se nos plantean al saber la especial relación del complicado personaje interpretado por Javier Cámara y la bailarina en coma Leonor Watling), tuvieron gran peso en ese Óscar al Mejor Guión Original que consiguió el manchego por este film. 


domingo, 5 de febrero de 2012

Yo me acuerdo de... Odyssey, ese anuncio de Levi's.

  Si bien no comulgo con el precepto en el que se basa la publicidad, es decir, crear una necesidad en el espectador con el objetivo de vender un producto, es innegable que esta disciplina ha alcanzado cotas de calidad que la equiparan en ocasiones con el arte.

  Es el caso de este anuncio, considerado por muchos como el mejor jamás realizado, y que ha alcanzado la categoría de clásico. La fuerza de las imágenes, la mirada intensa de los actores y, sobre todo, esa maravilla en forma de composición musical titulada "Sarabande", de Häendel, empleada ya en otra maravilla cinematográfica como es "Barry Lindon" de Kubrick.

  Es el más recordado de todos los anuncios de Levi's, incluido aquél que trataba de imitarlo u homenajearlo con una parejita de guapos intensos y música de Mogwai, ese otro de aire filogay e incluso el que protagonizó Brad Pitt. Quizá el único que le pueda hacer sombra sea el que dirigió Michel Gondry, también buenísimo.

  Se encuentra en internet otra versión con otro fragmento de la misma pieza musical, pero su fuerza emotiva es mucho menor. Algunos, incluso, han hecho sus propias versiones con músicas diferentes, dando como resultado algo más salvaje o electrónico o directamente personal.

  Y no, Levi's no me paga por esto. Pero debería.

lunes, 16 de enero de 2012

Yo me acuerdo de... Prólogo

[Nota: Escribí este microrrelato con diecisiete años y desde entonces le tengo un cariño especial. Quedó finalista del I Premio Algazara de Microrrelatos y fue publicado en marzo de 2009 en la antología "Cuentos para sonreír" de la Editorial Hipálage.]


Nadie sabe cómo mueren los libros viejos. Hasta que mueren. Beatriz lo supo cuando viajaba en el subterráneo. Pasó de página, y el crujiente libro, gastado de miradas, se volatilizó en polvo.

Beatriz mira alrededor: una procesión de parroquianos abonados a la hora lúgubre de la mañana, desdibujados por el sueño, en un silencio sin alma. Su mirada se encuentra con un chico, que la mira. El tren grita como una sirena enjaulada.

Estación. El chico sale corriendo. Y ella tras él. Intuye su cabeza entre el mar de cráneos, sube las escaleras mecánicas, llega a la salida, empuja la pesada puerta. El aire escarchado del invierno le golpea en la cara.

Y allí está él, frente a ella. Se miran, respiran el aire que les cristaliza los pulmones. Su aliento forma vaharadas como sábanas blancas. Se miran.

Y yo, el libro que ya no es libro, que no soy nada, recuerdo (como todo muerto) mi frase postrera, la que leyó Beatriz tras pasar la página, mi epílogo:

Te está mirando.

jueves, 12 de enero de 2012

Yo me acuerdo de... Cómo subí al cielo de los replicantes

[NOTA: este artículo se publicó en la web Cantabria Confidencial con motivo del estreno de la versión final del film en noviembre de 2007. La dedicatoria, sin embargo, sí que corresponde al día de hoy.]


Dedicado a mi amigo Naiel Ibarrola,                                                                                 en el día de su cumpleaños, 
y que tuvo que conformarse con verla, 
por primera vez, en vídeo.

  Esperaba este momento desde hacía dos años: el estreno en salas comerciales (otra vez) de Blade Runner, el viernes 16 de noviembre y sólo durante una semana, con motivo del 25º aniversario de la película. Se trata del montaje final (de ahí el subtítulo: “The final cut”), que incluye escenas inéditas (pocas) y otras remasterizadas y remontadas. En fin, Ridley Scott, puliendo, por fin, las rebabas del diamante que no le dejaron perfeccionar.      
  
  Ustedes, lectores, estarán pensando (o no) que están ante un reportaje de otro fanático “freak” de la película, que sabe el monólogo final de Roy Batty en todos los idiomas (incluido el esperanto) y que hará cola el día 11 de diciembre para comprarse el pack completo edición especial en dvd con todas las versiones y diversos juguetitos más de la película. Lo cierto es que, hasta el día 21 de noviembre, yo no había visto Blade Runner ni una sola vez a pesar de mis casi veintiún años, salvo algunos fragmentos de la película que en toda revista o programa de cine te ponen cada cierto tiempo, como el ya citado monólogo (¡Gracias Antonio Gasset!). En efecto, me negué a ver la película si no era en una sala de cine. ¿El motivo? Algo parecido a una apuesta que, por supuesto, he ganado. Pero será mejor que me remonte a dos años atrás.

  El día 3 octubre de dos mil cinco tenía lugar un eclipse solar y yo empezaba Comunicación Audiovisual en la Universidad Complutense de Madrid. Dos sucesos extraños e históricos para la Humanidad. En la fila de delante a donde yo estaba sentado, había entre otros estudiantes, uno que me llamó la atención porque mientras atendía, dibujaba. Pasó una semana hasta que le pude conocer, con motivo de formar unos grupos para unas “prácticas” (cualquiera que haya estudiado mi carrera en la misma facultad que yo sabrá por qué uso las comillas para designar a las “prácticas”). Ése fue el principio de una hermosa amistad. Por alguna razón que ninguno de los dos alcanzamos a comprender, nos caímos bien. Y desde entonces nos soportamos mutuamente. Este amigo mío me invitó a pasar unos días, meses después de conocernos, en su casa en el País Vasco (resultaba que era de Bilbao, con eso está dicho todo). Allí, junto a su familia, durante una conversación sobre películas, él dijo una frase lapidaria: “Para mí hay dos tipos de personas: las que les gusta Blade Runner y las que no”. En ese momento miré a mi amigo a los ojos: “Naiel, es que yo…”. A mi amigo se le transmutó el rostro en una mueca de dolor: “No me digas que no te gusta Blade Runner. Era un momento de gran tensión, nuestra amistad peligraba como nunca antes. “No es eso. Es que no la he visto. ¿Dónde se supone entonces que estoy yo? ¿En el limbo?”. “¡¿Qué no la has visto?! ¡Eso es todavía peor!” Creo que es el momento de decir que mi amigo, como buen aspirante a director de cine, es muy peliculero. Yo, por el contrario, soy más bien novelesco. Supongo que ya se habrán dado cuenta de que mi amigo sí es un “friqui” fan de Blade Runner, de esos que te saben recitar el monólogo en español, inglés y francés (pero no en esperanto… creo). Por supuesto, yo no me iba a amilanar, así que puse a Dios por testigo de que la primera vez que viera Blade Runner sería en un cine y en mejores condiciones y con mejor calidad que ninguna de las veces que él la hubiera visto. Y como un monje dominico cumplí mi promesa, porque sabía que el estreno iba a ser tarde o temprano.  

  La mayoría de los que me lean pensarán que soy un gilipollas por prometer semejante cosa. Después de ver la película, debo decir que yo también lo pienso. Pero cómo gocé ese día minutos antes de ver el film, recordándole todo esto a mi amigo. Porque, no se engañen, si esperé dos años fue nada más que para joderle. Cosas de nuestra amistad: nos fastidiamos mutuamente y en vez de odiarnos nos queremos más.

  Y por fin vi la película. (¡ALELUYA!) Y me sorprendió, pues sabía menos de lo que imaginaba. Y me emocionó. Y me gustó.
  Los Ángeles, noviembre de 2019. Rick Deckard es un semiretirado blade runner -un agente de un cuerpo especial de la policía- cuya misión es encontrar y “retirar” (es decir, destruir) a unos replicantes fugitivos que se encuentran en la Tierra. Estos replicantes son seres fruto de la ingeniería genética a los cuales se les ha asignado las labores más peligrosas y degradantes en colonias extraterrestres. Los modelos más avanzados –los Nexus 6, producto de la Tyrell Corporation- son semejantes a los humanos, pero son más ágiles y fuertes y, sobre todo, carecen de emociones. Su presencia en la Tierra es peligrosa, pues fueron declarados ilegales tras tener lugar un sangriento motín. El agente Deckard emprende su investigación sin sospechar que le conducirá al fondo mismo de su existencia.

 Me sorprendió porque yo esperaba ver una buena película de acción, pero no sabía de su estructura típica del cine negro, encuadrada en un futuro desolador y tecnificado. Tampoco la imaginaba tan profunda, tan filosófica, tan existencialista, sin dejar de ser entretenida. Esperaba su famoso despliegue visual en lo que a ambientación se refiere: esa alabada estética ciber-punk, deudora de la también mítica Metrópolis de Fritz Lang, del cuadro Nighthawks del estadounidense Edward Hopper donde una serie de solitarios personajes se refugia en un bar durante una noche salpicada por la colorista luz de los neones; y más que ninguno por los cómics de Moebius, fácilmente reconocible en esas laberínticas y oscuras ciudades verticales formadas por rascacielos que sostienen pantallas gigantescas con motivos asiáticos (debido a la creencia en los ochenta de que Japón suplantaría a Estados Unidos como primera potencia económica) surcadas por coches voladores que se internan entre una niebla tóxica y la omnipresente lluvia. Ciudades contaminadas y multiculturales, masificadas y peligrosas. Ya no es ciencia-ficción, es la vida real. Porque Blade Runner se adelantó en plantear temas y preocupaciones de plena vigencia en este siglo XXI.

  En esta película nada es superfluo, cada detalle es revelador, lo que exige más de un visionado, para captar el significado completo del film. Así, la ambientación futurista no es una mera excusa para el derroche visual, sino que está al servicio del trasfondo filosófico de la trama. La película hace que nos planteemos nuestra existencia (¿qué somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?) al igual que lo hace el personaje de Rick Deckard (sin duda, la mejor interpretación de Harrison Ford, cuya inexpresividad adusta y contradictoria le acerca a los grandes detectives del género negro) y así como también lo hacen los replicantes. Son éstos, paradójicamente, “más humanos que los humanos”, como reza el lema de la empresa que los crea. Pues los replicantes, producto de un dios humano  y por definición imperfecto, no aceptan su finitud de cuatro años implícita en el hecho mismo de su existencia. Temen a la muerte y buscan inútilmente, una razón a su existencia, para enfrentarse finalmente ante un demiurgo que no cumple sus expectativas. Toda esta complicada amalgama de sentimientos universales toma forma en la figura del líder replicante Roy Batty, magníficamente interpretada por Rutger Hauer, cuya carrera se ha visto marcada de forma irremediable por este personaje, trasunto de la Humanidad. Este actor realizó importantes aportaciones a la película: se presentó al rodaje, por propia iniciativa, con el pelo blanco; por tanto, la estética de su personaje es creación suya. Y no sólo eso, el famoso monólogo final, una de las escenas más conmovedoras y famosas de la Historia del cine, es también obra suya. Este monólogo no desmerece en absoluto del cine del mejor Bergman, como tampoco lo hace la violenta escena del beso entre Deckard y Rachael (una jovencísima Sean Young que nunca ha estado más guapa, en el papel de mujer fatal con estética de pin–up futurista), la cual sienta las bases de su extraña relación. Un miembro del equipo de la película dijo que la tensión entre los dos actores era tal que en vez de una escena de amor parecía que rodaban una violación. Esta fuerte carga dramática fue otro elemento innovador en el cine de ciencia-ficción y que desorientó a los críticos tanto como el ritmo pausado impropio de una película de acción.

  En efecto, la crítica se mostró dividida y fueron muchos los que no la apreciaron positivamente. Para muestra, un botón:

"Una historieta pretenciosa (...) el edulcoramiento de la vulgar peripecia del protagonista y la confusión con que está rodada convierte en monótono cartón-piedra lo que quizá estuviera concebido como estrella de la película (...) Blade Runner más parece en ocasiones un spot televisivo que una película hecha seriamente. Debería costar menos la entrada. (...) fueron escasos los críticos que no supieron apreciar la dificultad que tiene Scott para narrar con sencillez una historieta tan simple." 
      (Diego Galán: Diario El País, 2 de Febrero de 1983)

  La carencia de comprensión que sufrió la película se debe a su apabullante personalidad, difícil de digerir. Tal inconveniente provocó su fracaso en la taquilla norteamericana, pero logró un gran éxito en el resto del mundo (tres premios BAFTA, incluido el de mejor película) y el status inmediato de película de culto, hasta tal punto que es la película más citada del siglo XX. Esto se debe en gran parte a sus archiconocidas frases y a la banda sonora de Vangelis, nominada al Globo de Oro.

  Esta nueva versión, “definitiva” según su director, aporta poco a la versión de 1992, que sí realizó importantes cambios como la eliminación de la voz en off, la desaparición de la última escena sacada del metraje de El resplandor para forzar un final feliz impuesto por los productores en la versión original de 1982; y, sobre todo, la inclusión de la escena onírica del unicornio, que enlaza con la figurita de origami que el blade runner Gaff le deja en el apartamento de Deckard, haciéndole (y haciéndonos) saber que en realidad es un replicante con recuerdos implantados. (Si le he fastidiado el final a alguien, ¡haber visto la película antes, que ya es hora!) En definitiva, este montaje final aporta una calidad mejorada de la imagen y el sonido, pues se ha aprovechado de los nuevos avances en la materia. La escena más comentada que se incluye es una donde aparecen unas bailarinas semidesnudas con máscaras orientales. Asimismo se corrigieron algunos errores de raccord, como el color del cielo por el que vuela la paloma liberada tras el monólogo, ya que esas secuencias se rodaron en momentos diferentes.


   Para concluir, decir que Phillip K. Dick (escritor del libro de 1968 en el que se basa la película: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?- el título de Blade Runner para la película fue sacado del título de otro libro de ciencia-ficción de William S. Burroughs-) realizó una de sus últimas predicciones al vaticinar tras un pase de cuarenta minutos (murió antes de que se estrenara el film) que Blade Runner cambiaría la manera de ver las películas. Tanto es así, que muchos, después de verla, tememos soñar con unicornios.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Yo me acuerdo de... Marisa Naranjo y las campanadas de 1989

 Parece que debe felicitarse el año y esas cosas que hace la gente normal

  Qué mejor, entonces, que recordar otro fin de año como fue el impresionante fallo de la presentadora Marisa Naranjo al presentar las campanadas que habrían de dar paso al año 1990. En una época en la que todavía no existían las cadenas privadas y sólo existían La 1 y La 2 de Televisión Española, toda España vio estas campanadas y toda España se quedó sin comer las llamadas "uvas de la suerte" (que de suerte no traen nada) porque, según la presentadora, la retransmisión estuvo mal organizada por el equipo de Televisión Española, sin acceso a un balcón desde el que poder ver el reloj ni oírlo. Notarán ustedes que el sonido es totalmente diferente, los cuartos a las campanadas, dice, cuando todos los españoles estaban en sus casas viendo (y escuchando) cómo las campanadas sonaban. 

  La tensión se puede sentir en la voz de la presentadora cuando se da cuenta de que las campanadas ya han pasado. En años sucesivos muchos presentadores se han equivocado, algunos de los cuales con la sospecha de que lo hicieron a propósito (véase Carmen Sevilla, de quien ya nadie cree que sea tan olvidadiza si no es actuando, y que felicitó 1964 en lugar de 1994, entre otras lindezas de la retransmisión)y otros como Irma Soriano, a quien nadie hizo caso. 

  Pero el día 1 de enero de 1990 media España quería linchar a Marisa Naranjo y la otra media recoger los despojos y quemarlos. La presentadora pidió disculpas, pero eso no impidió que su carrera cayera en picado y nunca remontara.

  A pesar de todo, demuestra tener mucho sentido del humor para reírse de sí misma cuando se ofreció a presentar ayer las pre-campanadas de la cadena Neox y con el falso documental paródico que la misma cadena le dedicó a ella y a sus malogrados quince minutos de fama (y que a tenor de los comentarios, muchos parecen tomarlo en serio). Dicho programa "Feliz Año Neox", fue menos gracioso de lo que sus responsables hubieran querido, casi parecía un anuncio alargado de una empresa de telefonía móvil. El único aliciente era ver a la en tiempos todopoderosa presentadora volver al lugar de su desgracia y su ejercicio de exorcismo.

  Como ya he dicho, no creo en la uvas de la suerte, cuya falibilidad he comprobado en numerosas ocasiones. Si debo creer en alguna de las supersticiones relativas a la Nochevieja, es la que dice que así como se pasen los últimos instantes del año que se va, así será el año que entra. Este convencimiento viene de la Nochevieja del año pasado en que volví a oír esta máxima y poco después, en una plaza de un minúsculo pueblo mexicano, una paloma me cagó encima, y me pasé el minuto previo a las doce campanadas quitándome la mancha. Y debe de ser verdad esto, porque gran parte de este año lo he pasado en la mierda.
  
  Ciertamente, no voy a hacer nada especial para celebrarlo ni pienso en mis propósitos de año nuevo. Sucesivas decepciones me han hecho ver que los años vienen como les da la gana. El truco está en encararlos vengan como vengan, con sus cosas buenas, su cosas maravillosas, sus cosas malas y sus cosas horrorosas. Es más fácil decirlo que hacerlo. Lo de encarar, digo, y bueno, todo en general. No voy a echar de menos este año, pero es indudable que ha sido uno de los más intensos y más importantes de mi vida, de los que provocan cambios de rumbo, si es que hay rumbo.

  Aun así, feliz año nuevo, por mor de las buenas maneras y porque desear la felicidad no cuesta nada. Hasta mañana.  




P.S.: Y si su año ha sido malo, háganle un corte de mangas justo después de beberse el cava. Mi madre lo hizo para despedir el 2005.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Yo me acuerdo de... Mi abuela y Susan Sontag


  No, mi abuela no era Susan Sontag. A mi abuela la conocí, a Susan Sontag, no.
  
  Hace justo hoy cinco años que mi abuela murió. El día del Gordo, el cumpleaños de Natalia Sabater. Dentro de seis días se celebrarán siete años de la muerte de Susan Sontag, que, curiosamente, nació el mismo día que yo, unas cuantas décadas antes.

  Susan Sontag murió con 71 años. Mi abuela a los 75. Susan Sontag era famosa, aunque muchos no la conocieran, mi abuela entre ellos. Mi abuela no era famosa, pero en su barrio la conocían muchos.

  Ambas murieron de lo mismo. Mi abuela después de seis meses. Susan Sontag después de varios años.

  Mi abuela fue incinerada. Parte de sus cenizas fueron esparcidas en el Camp Nou cuando el Barça celebró la triple victoria en la Copa del Rey, la Liga y la Champions. Le habría encantado.

  Susan Sontag fue enterrada en el cementerio de Montparnasse en París. Al entierro de Susan Sontag acudió gente como Patti Smith, Salman Rushdie e Isabelle Huppert, entre otros.  Yo viví un año en París. Tres días después de llegar fui a ver una exposición retrospectiva en la Maison Européenne de la Photographie sobre Annie Leibovitz. 

  Susan Sontag y Annie Leibovitz fueron amantes durante dieciséis años y la naturaleza de su relación no quedó aclarada hasta la muerte de Sontag. Mi abuela estuvo casada más de cuarenta años. Luego enviudó y tuvo algunos novios con los que se iba a bailar.

  Una de las fotografías de la exposición era ésta de Susan Sontag, y algunas más, sacadas durante los últimos meses de su enfermedad. En el salón de mi casa tenemos una fotografía de mi abuela dentro de un marco verde pistacho. Sonríe mientras guiña un ojo a cámara. Tiene los labios pintados de rojo intenso. En el reverso escribió: Para mis hijos y nietos con todo el amor de una madre y abuela. María. Un autógrafo. Ella siempre pensó que su destino era el de ser una estrella de cine.

  Mi abuela llevaba una permanente voluminosa que le formaba rizos imposibles en el pelo, teñido de rubio platino. Era su rasgo físico más reconocible. Susan Sontag tenía una larga cabellera negra tan sólo perturbada por un mechón de pelo blanco que le salía de la frente. Era su rasgo físico más reconocible.

  El día que murieron ni la una ni la otra tenían ese rasgo. Las dos tenían el pelo corto, muy corto, y blanco. Y seguían siendo guapas y reconocibles pese a todo.

  La fotografía de Annie Leibovitz retrata perfectamente a Susan Sontag como sólo una gran fotógrafa puede hacerlo, capturando el alma del retratado, como sólo un amante puede hacerlo. La fotografía de mi abuela también la retrata perfectamente, captura su alma, porque no era difícil retratar el alma de mi abuela.

  En esa foto, Susan Sontag sabía que iba a morir. Tarde o temprano, pero ya sabía qué es lo que la iba a matar. Y tiene la mirada serena. Mi abuela no lo supo, porque no quería saberlo. Pero se fue serena, de todas formas.

  Dos mujeres diferentes que no tienen nada entre sí, salvo para el nieto de una, que cuando ve esa fotografía de una de ellas tomada por su amante se acuerda de su abuela, y de su pelo blanco y corto. Y de su pelo largo y rubio platino.



miércoles, 7 de diciembre de 2011

Yo me acuerdo de... El peor retrete de Escocia

[NOTA: Este artículo se publicó el 12-12-2008 en la sección de Vida Urbana del periódico digital Soitu.es, relativo a la ciudad de Edimburgo (Escocia)]


  Hay libros que pertenecen a ciertas ciudades sin las cuales no habrían sido escritos; por eso se dice que, si Dublín fuera destruida, se la podría reconstruir tomando como única guía Dublineses, de James Joyce. Si la Old Town (Ciudad Vieja) de Edimburgo tiene su equivalente literario en 'El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde' (sí, ya sé que la acción del libro transcurre en Londres, pero cuando uno se pasea por el callejón de Advocate’s Close en una noche de lluvia y bruma comprende de dónde sacó Robert Louis Stevenson —que era edimburgués— la inspiración), el barrio de Leith se erige como protagonista de 'Trainspotting', la célebre novela de Irvin Welsh que conmocionó a la sociedad escocesa.


Leith from Calton Hill, por Joaquín Vilas. (Panoramio)

  Welsh, que se crió en la zona más degradada de este barrio obrero vertebrado por la calle de Leith Walk, hablaba en su novela semiautobiográfica de la juventud escocesa de los 90, desorientada y sin expectativas de futuro, que se entregaba a la heroína en una ciudad con elmayor índice de drogadicción y sida de Europa. Sus personajes apenas salen del barrio, ni pisan el Old ni el New Town, donde hay calles como Rose Street, que "sólo es para turistas y maricones". Forman parte de esa población que no se asombra por encontrar el castillo al fondo de cada esquina, porque ha crecido viéndolo y no les resulta extraordinario. Aquellos para los que el festival de artes escénicas es un incordio.
  La decadencia de Leith empezó en los años 60 con el comienzo de una serie de construcciones de grandes edificios en contraste con las tradicionales casas bajas o de estilo jorgiano, que alteró la tranquila convivencia del barrio; a lo que siguieron décadas decrisis económicas, revueltas sindicales en oposición a la Dama de Hierro Tatcher, el consumismo, el paro… Y los 80 y 90, con la expansión del sida a causa del intercambio de agujas entre adictos en los infames 'chutódromos', hicieron de barrios como Leith la cara menos amable de una ciudad que vive de su apariencia. Welsh mostró una realidad incómoda que no era fácil de afrontar, menos aún dado el éxito internacional de la novela y posteriormente de la película Trainspotting, que muchos edimburgueses se negaron a ver, pues mostraba una ciudad que quería escapar de esa imagen y lo estaba logrando, con muchos de esos edificios ya venidos abajo. De hecho, la película se rodó en Glasgow, pues no lograron encontrar localizaciones como las descritas en el libro.
  Muchos jóvenes (y no tan jóvenes, que la novela tiene ya unos años) vienen buscando la ciudad de Trainspotting, atraídos por el encanto de lo decadente, pero sólo encuentran algunos retazos. Yo he vivido en Leith, y he caminado de noche por el Leith Walk y no he visto esa realidad que muestra el libro del modo más cruel, triste y extremo. Hay borrachos y drogadictos, pero muchos menos que otras ciudades que no acarrean esa fama psicotrópica.


  
  Si uno busca por los pubs el peor retrete de Escocia, aquel en el que recaló Rent Boy en la famosa escena de la película (ver vídeo sobre estas líneas), no lo va a encontrar, porque ya no existe. Como tampoco existe ya Leith Central Station, la estación donde muchos parados pasaban las horas viendo pasar los trenes (es decir, haciendo 'trainspotting'), trenes que ya no pasan.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Yo me acuerdo de... La carcoma

[NOTA: El siguiente relato, inspirado en mi abuelo, lo escribí cuando tenía 18 años, allá por el Pleistoceno. Ganó el concurso de cuentos del instituto en el que estudiaba entonces, con el título que le puse entonces "Vives en sueño".]

LA CARCOMA

         
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy  alegre, alegre de que no sea cierto.

Pablo Neruda
                           

  Despierta, estoy aquí, sentado junto a tu cama. Soy tu nieto, tan distinto de ti. Estoy aquí, esperando que despiertes. Y despiertas, al fin, pero no estás en este mundo, estás en otro, en el mundo de los sueños. Ermitaño en la caverna del cráneo, filósofo de lo irracional. Vives en sueño.

He empezado a escribirte esta carta que no sé si lo es, pues nunca llegará a ti, nunca leerás esto que te escribo. Quizá sólo sea un pretexto para combatir el aburrimiento, pero sé que una parte de ti puede oírme, me comprende, sabe quién soy. Sé que en algún sitio oscuro estás escondido (muy lejos), y eres el de siempre, eres tú. Y lo sé porque ayer me cogiste de la mano con fuerza, te agarraste a mí para no caer, y me miraste. Y esos ojos tuyos no eran de un enfermo desmemoriado: te vi el brillo de la inteligencia perdida en la mirada, eras consciente de tu estado, de tu decrepitud, de tu final. Y estabas asustado, temblando de frío en lo más hondo de tus pupilas, llorando, clamando; y no me hablabas pero te oía, te escuché durante esos segundos que volviste a la vida, y me decías que estabas cansado, que te ayudara, que no podías más… Y, de repente, se te apagó la lucidez y volviste a tu expresión desconcertada y ausente. Y a mí no me queda más que llorar de impotencia en este sillón.

Desde que te internamos aquí, en este depósito de almas cansadas y viejas que huele a medicamento y desinfectante, nos turnamos para estar contigo y que no te sientas tan solo. Yo vengo cada tarde y te leo el periódico, te hablo, te escribo. Tú no te enteras de nada, pero yo te cuento todos mis problemas y pesares sin esperar consejo alguno, que nunca fue tu costumbre. Las enfermeras me miran con cariño y, cuando lo hacen, dicen: Es que es más mono, más rico. No es corriente ver a chicos por aquí: las mujeres cuidan de los ancianos, los hombres no.

Es éste un lugar triste donde los viejos se secan al sol esperando morir. Un lugar donde el tiempo pasa muy despacio. Y no nos damos cuenta de que estos viejos palpitan (sus corazones de arena laten), no son un margen de lo humano: estos pobres esqueletos se amarran al pellejo porque es la vida, y ellos aman la vida, pese a todo. Por eso -porque vives-, a veces, doy un paseo contigo por la residencia para que te dé la luz de otras habitaciones y veas el jardín, y descubras de nuevo el agua, las nubes y los pájaros. (Los árboles son violines cuya música es el azul del cielo.) Has cogido una rama seca  que arrastras sentado en tu silla de ruedas y dices que este suelo de linóleo está duro, seco, no sirve para plantar tomates, es muy mala tierra. Porque tú eres un hombre de huerto y de pueblo, de árboles. Un niño de la posguerra marcado por el hambre todavía en tus setenta años. Y es que aún sientes angustia al ver platos que no se vacían, y te obligas a comerlos casi sin respirar. Tú, que ayudaste a nacer a tus hermanos, que erais doce, y que leías a escondidas a la luz de una vela que te destrozó la vista, porque tú sólo sabes leer y escribir, sumar y restar; que fuiste un hombre culto y autodidacta, que enseñaste a leer a tu amigo Paco y a otros soldaditos que conociste durante el servicio militar, donde te apodaron “el Maestro”, aunque tú sólo sabías sumar y restar, leer y escribir. Y fue Paco el que te dijo que su novia por correspondencia tenía una amiga. Una amiga con la que empezaste a cartearte para tener a alguien que te esperara fuera, y a la que escribías poemas que copiabas del libro Rimas, de Gustavo Adolfo Bécquer. Y Luz (así se llamaba la moza), que sí sabía leer y escribir pero nunca le gustaron los libros –tan diferentes erais- no se podía creer que alguien le dijera semejantes cosas, tan bonitas, y creyó haber encontrado al amor de su vida. (Tardó años en saber la verdad.)

Así conociste a la que años más tarde se convirtió en la Yaya –pues para mí no tiene otro nombre-, una mujer de risa contagiosa y carácter indomable, pero tremendamente sensible y frágil. Y es que te casaste con una mujer contradictoria y algo desnortada, una hembra llamativa y presumida que hoy es una rubia oxigenada amante de los bailes de salón, una Marilyn Monroe de la tercera edad. En definitiva, lo contrario a ti: un hombre alto y delgado, de pelo escaso, señor de pocas palabras y esclarecedores silencios, poco dado a mostrar tus sentimientos. A veces das la impresión de ser frío y seco, pero es que nunca te ha sido permitido llorar. Que yo recuerde, siempre desayunabas una lata de berberechos y llevabas dos relojes en cada muñeca, tan correcto y puntual eras. Dos personas como vosotros sólo podían acabar juntos por azar, ya que formáis una pareja antagónica: tú, que odias la política, te casaste con la mayor admiradora de Fidel Castro. Tú, ateo porque la guerra no te dejó otra opción, casado con la Yaya, que en  todas las reuniones familiares despierta de su ensimismamiento para cantar una coplilla y gritarle ¡Guapo, más que guapo! al retrato fluorescente de Jesucristo que compró en un Todo a cien. Aunque nunca tuve claro si eras creyente o no, porque tú “rezabas”: hablabas con Dios como si de un amigo querido pero impertinente se tratara, teníais discusiones encendidas en las que le echabas unas broncas tremendas por lo mal que andaba el mundo. Y, sin embargo, proclamabas ser ateo. Una vez te pregunté si creías en Dios y me contestaste:
    
-Eso sólo lo sabemos Dios y yo.

Ahora te miro y no te veo. ¿Dónde estás? ¿A dónde te has ido? Te busco por los rincones de esta  habitación blanca y no encuentro ni rastro de lo que fuiste. Tan grande, tan fuerte eras. Ahora estás encogido, pequeñito en tu cama desapareces bajo las sábanas, reducido a la condición de vegetal, de bebé septuagenario que necesita ser bañado para lavarle el olor a orines, y a cambiarle ese lienzo áspero que le hace llagas. Hay que enseñarte a comer, a vivir; como a los niños chicos. ¿Quién eres tú? Eres un niño, yayo, un niño inocente que descubre el mundo con la mirada cascada y que quiere coger el Sol con las manos engarfiadas. Ésas por las que dices que te corren hormigas, hormigas rojas que te hacen cosquillas.

Sí, yayo, eres un niño. Un niño al cual yo debo proteger.

Me he quedado esta noche contigo. (Duermes. ¿Qué sueñas? Quisiera bucear en tus meandros.)  No hacía falta, es cierto, pero quería quedarme. Y es que siento que te vas y no vuelves. Y quería revivir esos momentos en que era niño y tú eras la feliz alternativa a los padres. Después ambos crecimos (sobretodo yo) y esos momentos se distanciaron en el tiempo. Y, sin embargo, aún me queda esa ilusión infantil que tenía cada vez que íbamos de visita a casa de los abuelos. Por eso, yayo, porque en el fondo soy un niño como tú, esta madrugada en que sentía arena en los ojos a causa del insomnio, me he imaginado que te llevaba en tu silla de ruedas y que corríamos a toda velocidad por pasillos interminables, y que cada vez que cruzábamos una esquina el pasillo era de diferente color y no todo blanco aséptico. Y que la inercia nos hacía volar y atravesábamos nubes y océanos. Y veíamos millones de estrellas como ésta  * , y nos perdíamos allá a los lejos.

Pero imaginar no sirve de nada si uno no se lo cree.

Hace unos días, cuando vine a verte, no te encontré. Te habías ido. Pregunté a las enfermeras dónde estabas, pero no sabían. Te levantaste de la cama y anduviste. Descubriste que podías caminar, aunque te convencimos de lo contrario después de que protagonizaras una huida hace meses. Estuviste perdido un día entero, hasta que te encontró la policía caminando sin rumbo por la carretera mientras un aguacero caía justo sobre ti formándote ríos en los cauces secos de las arrugas. Te excusaste diciendo que habías ido a buscar un tesoro que sólo tú sabías dónde estaba.

Y volviste a hacerlo. Las enfermeras empezaron a dar la voz de alarma, pero les dije que no hacía falta: te acababa de encontrar. Volví a la habitación y me asomé a la ventana. Entonces te vi, solo en mitad del parque mirando al sol crepuscular. Atardecía y tu sombra era un tajo profundo en la arena.

Bajé corriendo las escaleras y atravesé la extensa superficie de tierra hasta donde te encontrabas. Tu camisón blanco reflejaba los últimos rayos del día, irradiabas luz.
    
-Yayo…

Puse mis manos sobre tus hombros, pero no te volviste. Mirabas al cielo con los ojos desorbitados. Estabas aterrado.
    
-¡El cielo está sangrando! –Gritaste de repente, y te caíste, pero conseguí sujetarte antes de que te golpearas- ¡El cielo se está muriendo! ¡Sangra, se muere!

Yo intentaba levantarte pero tú no me dejabas, no parabas de mover los brazos, me arañabas. Y chillabas. No pude aguantar más. Nos caímos y acabamos tirados en el suelo. Me esforcé en no llorar, pero no pude. Dejé caer la cabeza sobre las manos mientras tú:
    
-¡El cielo, el cielo sangra!
    
-Que no, yayo, que no – te lloraba yo-. Que es el arrebol.

En ese momento una bandada de enfermeras venía hacia nosotros.


 Todo empezó hace un par de años. Al principio se te olvidaron las fechas señaladas, el día en que vivías y dónde habías dejado tal cosa. A veces yo me enfadaba contigo porque creía que me tomabas el pelo y desconfiaba de tu memoria de pez. Pero llegó un momento en que sólo recordabas episodios de tu juventud y vivías en un mundo ya pasado. Después se te agrió el carácter y te volviste violento, no te aseabas y había que ayudarte en lo más simple. Desde entonces tu vida ha sido un continuo decaer. Así llegaste a esta reniñez en la que te encuentras. Has retrocedido en el tiempo, pasando por todos tus estadios vitales y ahora temo que vuelvas al estado de cigoto.

La enfermedad te ha robado la vida convirtiéndote en un pelele sin memoria, porque no tiene vida quien no la recuerda. Por eso escribo esta carta, para que tu vida sobreviva a la muerte y al olvido, que es otra forma de morir. Escribo por impulsos, a trozos, tropezándome con los puntos y las comas, a ráfagas frenéticas y extenuantes en las que vomito la angustia que me produce esta soledad. Y acabo exhausto preguntándome qué hago, qué escribo.

Escribo para ganarle esta batalla perdida a la carcoma que te arruinó el cerebro.

Te has muerto hoy, día de Todos los Santos –qué chiste más malo: tú, que nunca lo quisiste ser.

Estaba viéndote dormitar cuando levantaste una mano de pronto. (Mano traslúcida que muestra el entramado de tus venas azules, los tendones estirados, tus nudos de encina, la electricidad que recorre tus nervios.) Me apresuré a cogértela y tras unos segundos con la vista fija en el techo susurraste:
    
-Se me olvidó vivir.

Después me miraste y cerraste los ojos.

Miré alrededor para ver si veía tu alma saliéndose del cuerpo pero no vi nada, sólo unos destellos minúsculos.

No sé cuánto tiempo estuve así, pero recuerdo que lloré en silencio, tranquilo, olvidado de todo, como rodeado de una oscuridad quieta donde nada era. Sentí alivio –por ti y por mí- , y esa sensación me hace sentir culpable.

Y aquí estoy, con los ojos húmedos y enrojecidos, caminando por este pasillo de gélida luz cenital. Mis pasos resuenan como ecos. Dejo atrás habitaciones, vidas de las que ya no sabré, pues en unos segundos todo va a acelerarse a mi alrededor (trasiego, carreras, sábanas, desconcierto, llamadas, lloros) y ya no volveré a este lugar. Voy a avisar a las enfermeras.

Pienso, mientras doy estos pasos (acto motor que tú ya no harás), que en este momento, en alguna parte, estarán naciendo mil, cien mil niños, que reciben bofetadas en el culo como recibimiento a este mundo –y así obligarles a respirar, a vivir. Tú mueres y otros nacen. La vida no muere contigo, y no sé si eso es justo.

Pero tú no eres más que un hombre corriente, un hombre normal que vivió su vida como pudo y le dejaron, un hombre que nunca se acostumbró a vivir en la ciudad –tan lejos del mar, tan lejos-, que malvivió con dos empleos y nunca vio cumplidos sus sueños. Un hombre que nació, vivió, se reprodujo y murió; que no escribió un libro, pero sí tuvo hijos y plantó árboles. Un vencido, eterno derrotado. Un hombre como ha habido muchos, un hombre que forma parte de la  Historia de este mundo. Mi abuelo, el Yayo.

Hasta siempre, compañero del alma, compañero.


Fotografía cielo:

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Yo me acuerdo de... Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña

“No queríamos que pareciera que habíamos cambiado el mundo con la película”




[Nota:Esta entrevista se realizó con motivo del estreno de la ópera prima de Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña en noviembre de 2007] 

  Luis Piedrahita hace aparecer billetes de cien euros de una tarjeta de crédito a petición de una reportera de un canal de televisión. Es la rueda de prensa posterior a la proyección de La habitación de Fermat, su primera película como director junto a su amigo Rodrigo Sopeña, que también dirige con él el programa televisivo de magia “Nada x aquí”. Están acompañados por parte del reparto, a falta de Federico Luppi y Lluís HomarElena Ballesteros, Alejo Sauras y Santi Millán, que plagó la rueda de prensa de bromas divertidas y capciosas. También les acompañaba el productor de la película,Miguel Monzón, encantado de contarnos que la película ya ha encontrado distribución en Inglaterra y Japón, tras su paso por festivales de cine fantásticos (y los que quedan), una propuesta italiana de adaptar el film al teatro; y, sobretodo, una oferta en firme de una importante productora estadounidense para hacer el “remake” americano. Los directores no disimulan su alegría al oír estos elogios, teniendo en cuenta que su pretensión era “hacer una película abarcable para los dos”, una idea sencilla que presentar a una productora y que encuentra su inspiración en las novelas de Agatha Christie y en cintas como “La soga” o “Crimen Perfecto”. Y no se olvidan de la televisión: se han basado en la dirección de series como “24” o “Perdidos”.

  Tras la rueda de prensa, la entrevista. Nos sentamos con ellos en el vestíbulo del cine Palafox de Madrid, en un sofá y unas sillas. Han atendido a varios medios y empiezan a estar cansados, pero la ilusión por su película les anima a hablar, por lo que la entrevista adopta un tono cordial, para acabar convertida en una animada conversación. En un momento dado, Alejo Sauras se paseaba a espaldas de los directores para cotillear, divertido, sus respuestas a nuestras preguntas.

Pregunta: ¿Y ese salto de la televisión al cine? Acostumbrados a los monólogos de Luis, tan minimalistas, sorprende una película como la vuestra, que da un poco al traste con esa imagen; ¿cómo se os ocurrió dar este salto a la gran pantalla?
Luis Piedrahita: Bueno, las cosas pequeñas siempre han sido… Bueno, la verdad es que los monólogos que siempre los he hecho de temas de cosas pequeñas, pero bueno, por buscar un estilo... La magia siempre la he hecho con cosas pequeñas. Esta película, que sí que es más grande, pero, bueno, la acción transcurre en una habitación muy pequeña, así que algo hay ahí. (Le traen una botella de agua con sabor a manzana) Muchas gracias. ¡Uy, está helada!
Rodrigo Sopeña: Bueno, el cine es una ilusión como la televisión. Lo que queríamos era hacer una película que pudiera entrarle muy por los ojos al productor, que nos dijera: “Bueno”, y entonces… En este caso son cinco personajes dentro de una habitación. Si hay un productor que no puede levantar eso es que ya no puede levantar ningún proyecto. Nosotros pensamos que cinco actores, una habitación, llenan un proyecto con recursos limitados, y ya nuestro trabajo en el guión sería, a esos recursos, sacarles todo el jugo posible. Por eso hay muchas relaciones de personajes, los personajes que hay todos ocultan algo, todos tienen un pasado que no quieren contar y lo que hacemos es ponerles en una situación con tanta presión física y presión psicológica, ponerles en una situación tan tensa en la que se dan cuenta que tienen que contar la verdad cada uno si quieren sobrevivir.

P.: Ha habido un auge de un tiempo a esta parte de películas que se desarrollaban en un pequeño escenario, sin grandes efectos especiales. ¿Creéis que a la gente le gusta este tipo de cine? ¿Habéis pensado en ello a la hora de hacer la película?
R.S.: Yo pienso que desde el momento que hay efectos especiales que lo pueden recrear todo y que ya se puede conseguir todo… En los años ochenta uno podía ir al cine a ver una película de acción esperando ver una historia; desde el momento en que en un anuncio lo pondemos ver todo… Todo ese avance tecnológico de los efectos especiales lleva a que el público lo que va a ver no sea el guión, quizá sea esa la razón de que… Pero, no olvidemos, que hay películas como “Terminator 2” que tienen grandes efectos especiales y un grandísimo guión. Lo triste es cuando haces un guión y tienes medios muy por debajo de lo que necesitas. Nosotros hemos hecho una película modesta porque sabíamos que en nuestra primera película íbamos a tener medios modestos, pero tenemos los medios que necesita la película para contar.
L.P.: Y lo que decías antes: el guión es lo que levanta una película y los efectos especiales, claro, la pueden hacer más grande. Queda ridículo cuando pasa lo contrario, que es un mal guión grandilocuente, y también queda muy mal lo otro, que es: con pocos medios, mal guión, que también hay, películas malísimas en una sola habitación. Lo que pasa es que claro, eso sí que ya no lo recuerda nadie, pero te hago una lista, si quieres.


P.: Vosotros sois guionistas, principalmente, y habéis dirigido por primera vez. ¿Creéis que es lo deseable que un guionista tenga el control de su obra o creéis que hay otros factores que influyen en ello, si creéis que puede ser incluso perjudicial…?
L.P.: Esto es interesante. Yo creo que lo ideal sería que cada uno hiciera lo que mejor sabe hacer. Que el que mejor escribe, escriba; que el que mejor dirige, dirija. Y eso pasa mucho en Estados Unidos. Aquí, en España… Bueno, pasa en Estados Unidos porque el sistema es tan grande que cuando uno escribe, escribe para millones de personas; cuando uno dirige, dirige para millones de personas. En España el mercado funciona de otra manera, y funciona más torpemente.
R.S.: La figura del director de encargo no existe.
L.P.: Claro, no existe. Y si quieres que dirijan en España un guión tuyo tienes que llevarlo y espolear el proyecto, y es muy difícil que encuentres a alguien tan ilusionado como tú, que lo has escrito, para sacar el proyecto como tú, que escribes la historia. Cosa que en Estados Unidos no pasa: uno escribe y luego llega otro superilusionado y saca adelante ese guión con la misma fuerza que el que lo escribió.
R.S.: En nuestro caso, ambos habíamos vendido guiones de largometrajes a productoras, como guionistas habíamos cumplido, teníamos nuestro contrato que estaban de acuerdo y que tal, pero claro, si el proyecto se queda ahí, ¿quién lo va a dirigir? Tampoco hay un director que se encargue de dirigir algo o que se encargue de leer esos guiones. Entonces el proyecto se queda encima de la mesa y la verdad es que el director, el guionista-director, es el único que sabe desde la primera letra que escribe hasta que la peli se estrena en el último país del mundo en el que se estrene, ¿no? Por eso, la verdad, es que nos embarcamos en dirigirla porque otros proyectos anteriores que habíamos escrito con la idea de no dirigir pues no se habían llegado a hacer.


P.: Hay dos frases que me gustaría saber de quién es la autoría: la de “La presión puede convertir el polvo en carbón o en diamante. ¿Eso es de Arquímedes? No, de MacGyver”.
R.S.: La verdad es que esa es de “MacGyver”, de verdad. De la tercera temporada. Es más, te diría que es del mejor capítulo de la tercera temporada. “MacGyver” tiene una maravillosa primera temporada, maravillosa segunda temporada, y en la tercera empieza a bajar el listón y al final hace un invento por capítulo y ya es tremendo. Pero la tercera temporada tiene un capítulo maravilloso y en ese capítulo dice esa frase y es verdad.
L.P.: Y además es un capítulo que tiene bastante que ver con “La habitación de Fermat” porque habla de… Es un capítulo de un concurso en una universidad, de sistemas de cerrar puertas y no poder abrir; y es la historia de, bueno, de un niño que su padre le exigía mucho y ahí está la frase: “La presión puede convertir el carbón en polvo o en diamante”.


P.: Y otra frase: “El mundo está como estaba”, es una frase muy buena para terminar una película.
R.S.: Porque la película tiene un perfil modesto y no queríamos que al final pareciera…
L.P.: …que habíamos cambiado el mundo con la película.
R.S.: La idea es… Ellos, los cuatro personajes, han vivido una gran aventura, pero el mundo está como está. Realmente esas personas no pasan a la historia de las matemáticas ni… lo que han vivido es una experiencia miserable…
L.P.: Sí, sí.
R.S.: Bueno, no. No pongas eso. (Risas)
L.P.: Han vivido una experiencia que no es positiva.
R.S.: No han vivido una experiencia épica como los “300”, no. Han vivido una… (Se dirige a Piedrahita), como tú sueles decir, una…
L.P.: Un truncado, un mal rollo. Porque además… (Aquí Piedrahita describe la escena final, pero no es cuestión de ponerla.)


Lo que sí podemos poner es la canción que ambienta los títulos de crédito finales: "La copa de Europa" de Los planetas.




P.: ¿Cómo ha sido la experiencia de dirigir? Hemos oído que el rodaje fue bastante accidentado, además sois principiantes y sois dos. ¿Con qué dificultades os habéis encontrado?
R.S.: Bueno, ser dos es una ventaja.
L.P.: Es una ventaja. De hecho, no sabemos cómo lo hace la gente que es una. 
R.S.: Pues mira, lo primero que nosotros quisimos es que la habitación disminuyera de verdad y que fuera implacable. Sabíamos que visualmente la habitación tenía que ser algo mortífero, pues no podía ser el típico decorado de serie que todas las paredes se… No, tenía que ser de verdad y estar cerrada de verdad. Y claro, cuatro paredes móviles, que se mueven de verdad, arrastrando trípodes, arrastrando toda la cacharrería del cine: trípodes, micrófonos… pues claro, era más complicado. Y cada vez que había que hacer una toma nueva había que volver todo atrás: todos los muebles atrás, todo otra vez y entonces era complicadísimo repetir, rodar con dos cámaras… Claro, al final eso son…, no sé, tres metros cuadrados, cuatro actores, quince personas de equipo y fue algo muy duro. Pero como la película es angustiosa y la idea es que están sufriendo mucho, ese sufrimiento está integrado en la película, por tanto, se transmite; en teoría.




P.: ¿Cómo definiríais el género de esta película?
R.S.: Nosotros, si tuviéramos un videoclub, la pondríamos en la estantería que pone “Misterio”.
L.P.: Aunque realmente es una peli de “acción de interior”. (Risas.)


P.: Las matemáticas, obviamente, en la película son muy importantes. ¿Esto lo habéis tenido en cuenta como un elemento ya, a priori, terrorífico para los españoles, que siempre estamos los últimos en el ranking? Lo digo porque yo soy un hijo de la LOGSE, a las matemáticas siempre les he tenido pavor, y nunca he sabido lo que eran los números primos.
L.P.: Ah, pues… No. Nosotros somos de letras puras también y no hace falta saber las matemáticas. Las matemáticas no son importantes en la película, son una excusa. Los personajes son matemáticos. Es como si dices que son…
R.S.: …son cocineros…
L.P.: …como si dices que para entender “Los Simpsons” hay que entender de física nuclear. No. Homer trabaja en una central nuclear, pero no hay que (pequeña risa), no hay que saber nada de física nuclear para ver “Los Simpsons”. Pues aquí las matemáticas simplemente es la profesión de estos señores, luego los enigmas que se plantean no son matemáticos y sí lo son los personajes y sus personalidades, que son excéntricas.
R.S.: Los personajes de esta película tienen que pasar de ser muy fríos al principio a muy pasionales al final, y eso es una cosa común a otros matemáticos, sobretodo a los grandes matemáticos que han pasado a la Historia, pues muchos eran muy disciplinados pero también tenían vidas muy tormentosas y es una de las razones por las que escogimos… bueno, que nos fascinaron… El personaje del matemático.


P.: Los detalles en esta película son importantes, de hecho Luis tiene el título de “el rey de las pequeñas cosas”…
L.P.: Sí.


P.: …por muy mal que suene…
L.P.: (risita.) Depende de lo sucios que tengas los oídos. (Risas.)


P.: He visto detallitos. Por ejemplo, sale tu libro. El del pijama.
L.P.: Sale el del pijama, el de “¿Cada cuánto hay que echar a lavar un pijama?”, sale el de los frutos secos también, el del cacahuete (“Un cacahuete en una piscina, ¿sigue siendo un fruto seco?”), sale el libro de Pablo Motos, sale la mano de Rodrigo colocando los muebles…
R.S.: Sale… El cuadro que aparece en la habitación es la portada de un libro de Agatha Christie, el cuadro de una avispa y un avión, el único cuadro que aparece en la película… Hay un montón de referencias y también los attrezzistas pusieron cosas que les gustaban, libros que les gustaban… Hay varios.


P.: Vuestra vinculación con la magia, aunque decís que sois aficionados; pero tenéis un programa de magia…
R.S.: Luis es campeón de España de magia.
L.P.: Pero no me dedico profesionalmente a ello. Nadie me puede contratar para que haga magia a sus hijos en una comunión. (Risas.)


P.: ¿Vuestra afición ha ayudado a la hora de escribir la trama, por eso de los engaños, las ilusiones, para llegar al “prestigio”?
L.P.: Ayuda desde un punto de vista y es que el gusto y la afición que nos ha llevado a investigar la magia también nos ha llevado… Somos las mismas personas con esos gustos, entonces… las trampas (las herramientas, no las trampas), que se utilizan en la magia de enseñar y ocultar una pista y que una cosa parezca algo y que luego realmente sea otra cosa, y que todo tenga un doble significado, eso está en la magia: hay una estructura muy de dirigir la atención del espectador al lugar opuesto de donde está sucediendo algo gordo, pero delante de tu mirada está también lo que está sucediendo. Todo eso está en la magia y está en esta película de suspense.
R.S.: Yo diría que el ingenio y la voluntad de sorprender al espectador es un ingrediente que es común para el humor, para la magia y para el misterio, el suspense.



  “La habitación de Fermat” se estrena el viernes 16 de Noviembre en los mejores cines (“y en algunos de los peores”, en palabras de Luis Piedrahita.)





  Agradecimientos a Lucía Tello y a Andrés León, por su simpatía y sus preguntas.