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lunes, 16 de enero de 2012

Yo me acuerdo de... Prólogo

[Nota: Escribí este microrrelato con diecisiete años y desde entonces le tengo un cariño especial. Quedó finalista del I Premio Algazara de Microrrelatos y fue publicado en marzo de 2009 en la antología "Cuentos para sonreír" de la Editorial Hipálage.]


Nadie sabe cómo mueren los libros viejos. Hasta que mueren. Beatriz lo supo cuando viajaba en el subterráneo. Pasó de página, y el crujiente libro, gastado de miradas, se volatilizó en polvo.

Beatriz mira alrededor: una procesión de parroquianos abonados a la hora lúgubre de la mañana, desdibujados por el sueño, en un silencio sin alma. Su mirada se encuentra con un chico, que la mira. El tren grita como una sirena enjaulada.

Estación. El chico sale corriendo. Y ella tras él. Intuye su cabeza entre el mar de cráneos, sube las escaleras mecánicas, llega a la salida, empuja la pesada puerta. El aire escarchado del invierno le golpea en la cara.

Y allí está él, frente a ella. Se miran, respiran el aire que les cristaliza los pulmones. Su aliento forma vaharadas como sábanas blancas. Se miran.

Y yo, el libro que ya no es libro, que no soy nada, recuerdo (como todo muerto) mi frase postrera, la que leyó Beatriz tras pasar la página, mi epílogo:

Te está mirando.

jueves, 12 de enero de 2012

Yo me acuerdo de... Cómo subí al cielo de los replicantes

[NOTA: este artículo se publicó en la web Cantabria Confidencial con motivo del estreno de la versión final del film en noviembre de 2007. La dedicatoria, sin embargo, sí que corresponde al día de hoy.]


Dedicado a mi amigo Naiel Ibarrola,                                                                                 en el día de su cumpleaños, 
y que tuvo que conformarse con verla, 
por primera vez, en vídeo.

  Esperaba este momento desde hacía dos años: el estreno en salas comerciales (otra vez) de Blade Runner, el viernes 16 de noviembre y sólo durante una semana, con motivo del 25º aniversario de la película. Se trata del montaje final (de ahí el subtítulo: “The final cut”), que incluye escenas inéditas (pocas) y otras remasterizadas y remontadas. En fin, Ridley Scott, puliendo, por fin, las rebabas del diamante que no le dejaron perfeccionar.      
  
  Ustedes, lectores, estarán pensando (o no) que están ante un reportaje de otro fanático “freak” de la película, que sabe el monólogo final de Roy Batty en todos los idiomas (incluido el esperanto) y que hará cola el día 11 de diciembre para comprarse el pack completo edición especial en dvd con todas las versiones y diversos juguetitos más de la película. Lo cierto es que, hasta el día 21 de noviembre, yo no había visto Blade Runner ni una sola vez a pesar de mis casi veintiún años, salvo algunos fragmentos de la película que en toda revista o programa de cine te ponen cada cierto tiempo, como el ya citado monólogo (¡Gracias Antonio Gasset!). En efecto, me negué a ver la película si no era en una sala de cine. ¿El motivo? Algo parecido a una apuesta que, por supuesto, he ganado. Pero será mejor que me remonte a dos años atrás.

  El día 3 octubre de dos mil cinco tenía lugar un eclipse solar y yo empezaba Comunicación Audiovisual en la Universidad Complutense de Madrid. Dos sucesos extraños e históricos para la Humanidad. En la fila de delante a donde yo estaba sentado, había entre otros estudiantes, uno que me llamó la atención porque mientras atendía, dibujaba. Pasó una semana hasta que le pude conocer, con motivo de formar unos grupos para unas “prácticas” (cualquiera que haya estudiado mi carrera en la misma facultad que yo sabrá por qué uso las comillas para designar a las “prácticas”). Ése fue el principio de una hermosa amistad. Por alguna razón que ninguno de los dos alcanzamos a comprender, nos caímos bien. Y desde entonces nos soportamos mutuamente. Este amigo mío me invitó a pasar unos días, meses después de conocernos, en su casa en el País Vasco (resultaba que era de Bilbao, con eso está dicho todo). Allí, junto a su familia, durante una conversación sobre películas, él dijo una frase lapidaria: “Para mí hay dos tipos de personas: las que les gusta Blade Runner y las que no”. En ese momento miré a mi amigo a los ojos: “Naiel, es que yo…”. A mi amigo se le transmutó el rostro en una mueca de dolor: “No me digas que no te gusta Blade Runner. Era un momento de gran tensión, nuestra amistad peligraba como nunca antes. “No es eso. Es que no la he visto. ¿Dónde se supone entonces que estoy yo? ¿En el limbo?”. “¡¿Qué no la has visto?! ¡Eso es todavía peor!” Creo que es el momento de decir que mi amigo, como buen aspirante a director de cine, es muy peliculero. Yo, por el contrario, soy más bien novelesco. Supongo que ya se habrán dado cuenta de que mi amigo sí es un “friqui” fan de Blade Runner, de esos que te saben recitar el monólogo en español, inglés y francés (pero no en esperanto… creo). Por supuesto, yo no me iba a amilanar, así que puse a Dios por testigo de que la primera vez que viera Blade Runner sería en un cine y en mejores condiciones y con mejor calidad que ninguna de las veces que él la hubiera visto. Y como un monje dominico cumplí mi promesa, porque sabía que el estreno iba a ser tarde o temprano.  

  La mayoría de los que me lean pensarán que soy un gilipollas por prometer semejante cosa. Después de ver la película, debo decir que yo también lo pienso. Pero cómo gocé ese día minutos antes de ver el film, recordándole todo esto a mi amigo. Porque, no se engañen, si esperé dos años fue nada más que para joderle. Cosas de nuestra amistad: nos fastidiamos mutuamente y en vez de odiarnos nos queremos más.

  Y por fin vi la película. (¡ALELUYA!) Y me sorprendió, pues sabía menos de lo que imaginaba. Y me emocionó. Y me gustó.
  Los Ángeles, noviembre de 2019. Rick Deckard es un semiretirado blade runner -un agente de un cuerpo especial de la policía- cuya misión es encontrar y “retirar” (es decir, destruir) a unos replicantes fugitivos que se encuentran en la Tierra. Estos replicantes son seres fruto de la ingeniería genética a los cuales se les ha asignado las labores más peligrosas y degradantes en colonias extraterrestres. Los modelos más avanzados –los Nexus 6, producto de la Tyrell Corporation- son semejantes a los humanos, pero son más ágiles y fuertes y, sobre todo, carecen de emociones. Su presencia en la Tierra es peligrosa, pues fueron declarados ilegales tras tener lugar un sangriento motín. El agente Deckard emprende su investigación sin sospechar que le conducirá al fondo mismo de su existencia.

 Me sorprendió porque yo esperaba ver una buena película de acción, pero no sabía de su estructura típica del cine negro, encuadrada en un futuro desolador y tecnificado. Tampoco la imaginaba tan profunda, tan filosófica, tan existencialista, sin dejar de ser entretenida. Esperaba su famoso despliegue visual en lo que a ambientación se refiere: esa alabada estética ciber-punk, deudora de la también mítica Metrópolis de Fritz Lang, del cuadro Nighthawks del estadounidense Edward Hopper donde una serie de solitarios personajes se refugia en un bar durante una noche salpicada por la colorista luz de los neones; y más que ninguno por los cómics de Moebius, fácilmente reconocible en esas laberínticas y oscuras ciudades verticales formadas por rascacielos que sostienen pantallas gigantescas con motivos asiáticos (debido a la creencia en los ochenta de que Japón suplantaría a Estados Unidos como primera potencia económica) surcadas por coches voladores que se internan entre una niebla tóxica y la omnipresente lluvia. Ciudades contaminadas y multiculturales, masificadas y peligrosas. Ya no es ciencia-ficción, es la vida real. Porque Blade Runner se adelantó en plantear temas y preocupaciones de plena vigencia en este siglo XXI.

  En esta película nada es superfluo, cada detalle es revelador, lo que exige más de un visionado, para captar el significado completo del film. Así, la ambientación futurista no es una mera excusa para el derroche visual, sino que está al servicio del trasfondo filosófico de la trama. La película hace que nos planteemos nuestra existencia (¿qué somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?) al igual que lo hace el personaje de Rick Deckard (sin duda, la mejor interpretación de Harrison Ford, cuya inexpresividad adusta y contradictoria le acerca a los grandes detectives del género negro) y así como también lo hacen los replicantes. Son éstos, paradójicamente, “más humanos que los humanos”, como reza el lema de la empresa que los crea. Pues los replicantes, producto de un dios humano  y por definición imperfecto, no aceptan su finitud de cuatro años implícita en el hecho mismo de su existencia. Temen a la muerte y buscan inútilmente, una razón a su existencia, para enfrentarse finalmente ante un demiurgo que no cumple sus expectativas. Toda esta complicada amalgama de sentimientos universales toma forma en la figura del líder replicante Roy Batty, magníficamente interpretada por Rutger Hauer, cuya carrera se ha visto marcada de forma irremediable por este personaje, trasunto de la Humanidad. Este actor realizó importantes aportaciones a la película: se presentó al rodaje, por propia iniciativa, con el pelo blanco; por tanto, la estética de su personaje es creación suya. Y no sólo eso, el famoso monólogo final, una de las escenas más conmovedoras y famosas de la Historia del cine, es también obra suya. Este monólogo no desmerece en absoluto del cine del mejor Bergman, como tampoco lo hace la violenta escena del beso entre Deckard y Rachael (una jovencísima Sean Young que nunca ha estado más guapa, en el papel de mujer fatal con estética de pin–up futurista), la cual sienta las bases de su extraña relación. Un miembro del equipo de la película dijo que la tensión entre los dos actores era tal que en vez de una escena de amor parecía que rodaban una violación. Esta fuerte carga dramática fue otro elemento innovador en el cine de ciencia-ficción y que desorientó a los críticos tanto como el ritmo pausado impropio de una película de acción.

  En efecto, la crítica se mostró dividida y fueron muchos los que no la apreciaron positivamente. Para muestra, un botón:

"Una historieta pretenciosa (...) el edulcoramiento de la vulgar peripecia del protagonista y la confusión con que está rodada convierte en monótono cartón-piedra lo que quizá estuviera concebido como estrella de la película (...) Blade Runner más parece en ocasiones un spot televisivo que una película hecha seriamente. Debería costar menos la entrada. (...) fueron escasos los críticos que no supieron apreciar la dificultad que tiene Scott para narrar con sencillez una historieta tan simple." 
      (Diego Galán: Diario El País, 2 de Febrero de 1983)

  La carencia de comprensión que sufrió la película se debe a su apabullante personalidad, difícil de digerir. Tal inconveniente provocó su fracaso en la taquilla norteamericana, pero logró un gran éxito en el resto del mundo (tres premios BAFTA, incluido el de mejor película) y el status inmediato de película de culto, hasta tal punto que es la película más citada del siglo XX. Esto se debe en gran parte a sus archiconocidas frases y a la banda sonora de Vangelis, nominada al Globo de Oro.

  Esta nueva versión, “definitiva” según su director, aporta poco a la versión de 1992, que sí realizó importantes cambios como la eliminación de la voz en off, la desaparición de la última escena sacada del metraje de El resplandor para forzar un final feliz impuesto por los productores en la versión original de 1982; y, sobre todo, la inclusión de la escena onírica del unicornio, que enlaza con la figurita de origami que el blade runner Gaff le deja en el apartamento de Deckard, haciéndole (y haciéndonos) saber que en realidad es un replicante con recuerdos implantados. (Si le he fastidiado el final a alguien, ¡haber visto la película antes, que ya es hora!) En definitiva, este montaje final aporta una calidad mejorada de la imagen y el sonido, pues se ha aprovechado de los nuevos avances en la materia. La escena más comentada que se incluye es una donde aparecen unas bailarinas semidesnudas con máscaras orientales. Asimismo se corrigieron algunos errores de raccord, como el color del cielo por el que vuela la paloma liberada tras el monólogo, ya que esas secuencias se rodaron en momentos diferentes.


   Para concluir, decir que Phillip K. Dick (escritor del libro de 1968 en el que se basa la película: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?- el título de Blade Runner para la película fue sacado del título de otro libro de ciencia-ficción de William S. Burroughs-) realizó una de sus últimas predicciones al vaticinar tras un pase de cuarenta minutos (murió antes de que se estrenara el film) que Blade Runner cambiaría la manera de ver las películas. Tanto es así, que muchos, después de verla, tememos soñar con unicornios.

martes, 10 de enero de 2012

Yo me acuerdo de... Rosa Montero, la ficción y los negros

  Por razones que desconozco, una columna titulada "El negro" que la escritora y periodista escribió en el diario El País hace más de seis años (concretamente el 17 de mayo de 2005), ha empezado a rondar estos días en las redes sociales, hasta alzarse como lo más leído hoy en la web del periódico,y coincidiendo con una nueva columna de la escritora sobre otro tema bien distinto. Es un caso curioso que ha venido repitiéndose en los últimos meses como ocurrió con la noticia sobre la comparecencia de Aquilino Polaino en el Senado a raíz de la legalización del matrimonio homosexual en 2005 o el artículo "Las ilusiones perdidas" de Concha Caballero que hablaba de esa nueva emigración española, la de los jóvenes licenciados españoles que no encuentran trabajo y han de marchar, publicada en 2010. Pero no es sobre lo cíclico de las noticias y su repercusión cambiante de lo que quiero hablar, sino de cómo esta columna guarda un sorprendente parecido con un famoso cortometraje, realizado varios años antes.

  Primero, la columna:

 Estamos en el comedor estudiantil de una universidad alemana. Una alumna rubia e inequívocamente germana adquiere su bandeja con el menú en el mostrador del autoservicio y luego se sienta en una mesa. Entonces advierte que ha olvidado los cubiertos y vuelve a levantarse para cogerlos. Al regresar, descubre con estupor que un chico negro, probablemente subsahariano por su aspecto, se ha sentado en su lugar y está comiendo de su bandeja. De entrada, la muchacha se siente desconcertada y agredida; pero enseguida corrige su pensamiento y supone que el africano no está acostumbrado al sentido de la propiedad privada y de la intimidad del europeo, o incluso que quizá no disponga de dinero suficiente para pagarse la comida, aun siendo ésta barata para el elevado estándar de vida de nuestros ricos países. De modo que la chica decide sentarse frente al tipo y sonreírle amistosamente. A lo cual el africano contesta con otra blanca sonrisa. A continuación, la alemana comienza a comer de la bandeja intentando aparentar la mayor normalidad y compartiéndola con exquisita generosidad y cortesía con el chico negro. Y así, él se toma la ensalada, ella apura la sopa, ambos pinchan paritariamente del mismo plato de estofado hasta acabarlo y uno da cuenta del yogur y la otra de la pieza de fruta. Todo ello trufado de múltiples sonrisas educadas, tímidas por parte del muchacho, suavemente alentadoras y comprensivas por parte de ella. Acabado el almuerzo, la alemana se levanta en busca de un café. Y entonces descubre, en la mesa vecina detrás de ella, su propio abrigo colocado sobre el respaldo de una silla y una bandeja de comida intacta.  
 Dedico esta historia deliciosa, que además es auténtica, a todos aquellos españoles que, en el fondo, recelan de los inmigrantes y les consideran individuos inferiores. A todas esas personas que, aun bienintencionadas, les observan con condescendencia y paternalismo. Será mejor que nos libremos de los prejuicios o corremos el riesgo de hacer el mismo ridículo que la pobre alemana, que creía ser el colmo de la civilización mientras el africano, él sí inmensamente educado, la dejaba comer de su bandeja y tal vez pensaba: "Pero qué chiflados están los europeos".

  Ahora, el corto:


  Como verán, la historia, salvo algunos detalles, es prácticamente idéntica. La mujer que se olvida los cubiertos, el hombre negro comiendo "su" comida, cómo finalmente la comparten, y la equivocación revelada al descubrir un objeto personal en una mesa situada justo detrás de aquélla en la que se ha comido. El cortometraje se titula "The Lunch Date", dirigido por Adam Davidson (prestigioso director de series de televisión) y que ganó el óscar al mejor cortometraje en 1991. También existe un cortometraje, mexicano y de menor calidad, con idéntica trama: "Buen provecho".


  Al parecer, esta historia ha conocido diferentes versiones de autoría imprecisa, aunque algunos sugieren que se trata en origen de un relato de Douglas Adams y han llegado a hablar incluso de plagio encubierto, afirmación con la que no estoy de acuerdo. Esta historia, real o no, bien pudo haber ocurrido y seguir ocurriendo. Y en el caso de que fuera ficticia, la creencia de aquellos que la han oído de que en efecto se trataba de una historia real la convierte en eso mismo, en realidad, como sucede con las leyendas urbanas; teoría ésta de la leyenda urbana por la que se decanta la autora en su perfil de Facebook.


 No sé si Rosa Montero sabe de la existencia de este cortometraje pero, en todo caso, no dudo de la veracidad de lo que cuenta (sea, repito, real o no la historia) ni tampoco que semejante coincidencia le agradará, ya que demostró su querencia por el juego de mezclar la realidad y la ficción en su libro "La loca de la casa", donde su vida real e imaginada eran indistinguibles pues no eran sino la misma cosa, esa tórrida historia de amor entre ella y su imaginación. 

  También espero que le guste porque este descubrimiento no hace sino refrendar sus observaciones sobre los prejuicios de los habitantes de países desarrollados hacia aquellos que vienen de países pobres, con una actitud paternalista que se encuentra tanto en muchachas alemanas como en ancianas ricas norteamericanas como en muchos de los programas de cooperación al desarrollo. Todos ellos, por muy intencionados que sean, caen en el ridículo, y, esperamos, aprenden de ello. Esta coincidencia no remarca lo cíclico de las noticias, sino la inamovilidad y atemporalidad de los prejuicios y cómo realidad y ficción están íntimamente unidas. Y también, que el ridículo se hace en todas partes y toda hora. En la ficción y en la realidad.


P.S.: Acabo de enterarme de que sí tiene noticia de este corto, pero lo escrito, escrito está.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Yo me acuerdo de... El peor retrete de Escocia

[NOTA: Este artículo se publicó el 12-12-2008 en la sección de Vida Urbana del periódico digital Soitu.es, relativo a la ciudad de Edimburgo (Escocia)]


  Hay libros que pertenecen a ciertas ciudades sin las cuales no habrían sido escritos; por eso se dice que, si Dublín fuera destruida, se la podría reconstruir tomando como única guía Dublineses, de James Joyce. Si la Old Town (Ciudad Vieja) de Edimburgo tiene su equivalente literario en 'El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde' (sí, ya sé que la acción del libro transcurre en Londres, pero cuando uno se pasea por el callejón de Advocate’s Close en una noche de lluvia y bruma comprende de dónde sacó Robert Louis Stevenson —que era edimburgués— la inspiración), el barrio de Leith se erige como protagonista de 'Trainspotting', la célebre novela de Irvin Welsh que conmocionó a la sociedad escocesa.


Leith from Calton Hill, por Joaquín Vilas. (Panoramio)

  Welsh, que se crió en la zona más degradada de este barrio obrero vertebrado por la calle de Leith Walk, hablaba en su novela semiautobiográfica de la juventud escocesa de los 90, desorientada y sin expectativas de futuro, que se entregaba a la heroína en una ciudad con elmayor índice de drogadicción y sida de Europa. Sus personajes apenas salen del barrio, ni pisan el Old ni el New Town, donde hay calles como Rose Street, que "sólo es para turistas y maricones". Forman parte de esa población que no se asombra por encontrar el castillo al fondo de cada esquina, porque ha crecido viéndolo y no les resulta extraordinario. Aquellos para los que el festival de artes escénicas es un incordio.
  La decadencia de Leith empezó en los años 60 con el comienzo de una serie de construcciones de grandes edificios en contraste con las tradicionales casas bajas o de estilo jorgiano, que alteró la tranquila convivencia del barrio; a lo que siguieron décadas decrisis económicas, revueltas sindicales en oposición a la Dama de Hierro Tatcher, el consumismo, el paro… Y los 80 y 90, con la expansión del sida a causa del intercambio de agujas entre adictos en los infames 'chutódromos', hicieron de barrios como Leith la cara menos amable de una ciudad que vive de su apariencia. Welsh mostró una realidad incómoda que no era fácil de afrontar, menos aún dado el éxito internacional de la novela y posteriormente de la película Trainspotting, que muchos edimburgueses se negaron a ver, pues mostraba una ciudad que quería escapar de esa imagen y lo estaba logrando, con muchos de esos edificios ya venidos abajo. De hecho, la película se rodó en Glasgow, pues no lograron encontrar localizaciones como las descritas en el libro.
  Muchos jóvenes (y no tan jóvenes, que la novela tiene ya unos años) vienen buscando la ciudad de Trainspotting, atraídos por el encanto de lo decadente, pero sólo encuentran algunos retazos. Yo he vivido en Leith, y he caminado de noche por el Leith Walk y no he visto esa realidad que muestra el libro del modo más cruel, triste y extremo. Hay borrachos y drogadictos, pero muchos menos que otras ciudades que no acarrean esa fama psicotrópica.


  
  Si uno busca por los pubs el peor retrete de Escocia, aquel en el que recaló Rent Boy en la famosa escena de la película (ver vídeo sobre estas líneas), no lo va a encontrar, porque ya no existe. Como tampoco existe ya Leith Central Station, la estación donde muchos parados pasaban las horas viendo pasar los trenes (es decir, haciendo 'trainspotting'), trenes que ya no pasan.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Yo me acuerdo de... La carcoma

[NOTA: El siguiente relato, inspirado en mi abuelo, lo escribí cuando tenía 18 años, allá por el Pleistoceno. Ganó el concurso de cuentos del instituto en el que estudiaba entonces, con el título que le puse entonces "Vives en sueño".]

LA CARCOMA

         
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy  alegre, alegre de que no sea cierto.

Pablo Neruda
                           

  Despierta, estoy aquí, sentado junto a tu cama. Soy tu nieto, tan distinto de ti. Estoy aquí, esperando que despiertes. Y despiertas, al fin, pero no estás en este mundo, estás en otro, en el mundo de los sueños. Ermitaño en la caverna del cráneo, filósofo de lo irracional. Vives en sueño.

He empezado a escribirte esta carta que no sé si lo es, pues nunca llegará a ti, nunca leerás esto que te escribo. Quizá sólo sea un pretexto para combatir el aburrimiento, pero sé que una parte de ti puede oírme, me comprende, sabe quién soy. Sé que en algún sitio oscuro estás escondido (muy lejos), y eres el de siempre, eres tú. Y lo sé porque ayer me cogiste de la mano con fuerza, te agarraste a mí para no caer, y me miraste. Y esos ojos tuyos no eran de un enfermo desmemoriado: te vi el brillo de la inteligencia perdida en la mirada, eras consciente de tu estado, de tu decrepitud, de tu final. Y estabas asustado, temblando de frío en lo más hondo de tus pupilas, llorando, clamando; y no me hablabas pero te oía, te escuché durante esos segundos que volviste a la vida, y me decías que estabas cansado, que te ayudara, que no podías más… Y, de repente, se te apagó la lucidez y volviste a tu expresión desconcertada y ausente. Y a mí no me queda más que llorar de impotencia en este sillón.

Desde que te internamos aquí, en este depósito de almas cansadas y viejas que huele a medicamento y desinfectante, nos turnamos para estar contigo y que no te sientas tan solo. Yo vengo cada tarde y te leo el periódico, te hablo, te escribo. Tú no te enteras de nada, pero yo te cuento todos mis problemas y pesares sin esperar consejo alguno, que nunca fue tu costumbre. Las enfermeras me miran con cariño y, cuando lo hacen, dicen: Es que es más mono, más rico. No es corriente ver a chicos por aquí: las mujeres cuidan de los ancianos, los hombres no.

Es éste un lugar triste donde los viejos se secan al sol esperando morir. Un lugar donde el tiempo pasa muy despacio. Y no nos damos cuenta de que estos viejos palpitan (sus corazones de arena laten), no son un margen de lo humano: estos pobres esqueletos se amarran al pellejo porque es la vida, y ellos aman la vida, pese a todo. Por eso -porque vives-, a veces, doy un paseo contigo por la residencia para que te dé la luz de otras habitaciones y veas el jardín, y descubras de nuevo el agua, las nubes y los pájaros. (Los árboles son violines cuya música es el azul del cielo.) Has cogido una rama seca  que arrastras sentado en tu silla de ruedas y dices que este suelo de linóleo está duro, seco, no sirve para plantar tomates, es muy mala tierra. Porque tú eres un hombre de huerto y de pueblo, de árboles. Un niño de la posguerra marcado por el hambre todavía en tus setenta años. Y es que aún sientes angustia al ver platos que no se vacían, y te obligas a comerlos casi sin respirar. Tú, que ayudaste a nacer a tus hermanos, que erais doce, y que leías a escondidas a la luz de una vela que te destrozó la vista, porque tú sólo sabes leer y escribir, sumar y restar; que fuiste un hombre culto y autodidacta, que enseñaste a leer a tu amigo Paco y a otros soldaditos que conociste durante el servicio militar, donde te apodaron “el Maestro”, aunque tú sólo sabías sumar y restar, leer y escribir. Y fue Paco el que te dijo que su novia por correspondencia tenía una amiga. Una amiga con la que empezaste a cartearte para tener a alguien que te esperara fuera, y a la que escribías poemas que copiabas del libro Rimas, de Gustavo Adolfo Bécquer. Y Luz (así se llamaba la moza), que sí sabía leer y escribir pero nunca le gustaron los libros –tan diferentes erais- no se podía creer que alguien le dijera semejantes cosas, tan bonitas, y creyó haber encontrado al amor de su vida. (Tardó años en saber la verdad.)

Así conociste a la que años más tarde se convirtió en la Yaya –pues para mí no tiene otro nombre-, una mujer de risa contagiosa y carácter indomable, pero tremendamente sensible y frágil. Y es que te casaste con una mujer contradictoria y algo desnortada, una hembra llamativa y presumida que hoy es una rubia oxigenada amante de los bailes de salón, una Marilyn Monroe de la tercera edad. En definitiva, lo contrario a ti: un hombre alto y delgado, de pelo escaso, señor de pocas palabras y esclarecedores silencios, poco dado a mostrar tus sentimientos. A veces das la impresión de ser frío y seco, pero es que nunca te ha sido permitido llorar. Que yo recuerde, siempre desayunabas una lata de berberechos y llevabas dos relojes en cada muñeca, tan correcto y puntual eras. Dos personas como vosotros sólo podían acabar juntos por azar, ya que formáis una pareja antagónica: tú, que odias la política, te casaste con la mayor admiradora de Fidel Castro. Tú, ateo porque la guerra no te dejó otra opción, casado con la Yaya, que en  todas las reuniones familiares despierta de su ensimismamiento para cantar una coplilla y gritarle ¡Guapo, más que guapo! al retrato fluorescente de Jesucristo que compró en un Todo a cien. Aunque nunca tuve claro si eras creyente o no, porque tú “rezabas”: hablabas con Dios como si de un amigo querido pero impertinente se tratara, teníais discusiones encendidas en las que le echabas unas broncas tremendas por lo mal que andaba el mundo. Y, sin embargo, proclamabas ser ateo. Una vez te pregunté si creías en Dios y me contestaste:
    
-Eso sólo lo sabemos Dios y yo.

Ahora te miro y no te veo. ¿Dónde estás? ¿A dónde te has ido? Te busco por los rincones de esta  habitación blanca y no encuentro ni rastro de lo que fuiste. Tan grande, tan fuerte eras. Ahora estás encogido, pequeñito en tu cama desapareces bajo las sábanas, reducido a la condición de vegetal, de bebé septuagenario que necesita ser bañado para lavarle el olor a orines, y a cambiarle ese lienzo áspero que le hace llagas. Hay que enseñarte a comer, a vivir; como a los niños chicos. ¿Quién eres tú? Eres un niño, yayo, un niño inocente que descubre el mundo con la mirada cascada y que quiere coger el Sol con las manos engarfiadas. Ésas por las que dices que te corren hormigas, hormigas rojas que te hacen cosquillas.

Sí, yayo, eres un niño. Un niño al cual yo debo proteger.

Me he quedado esta noche contigo. (Duermes. ¿Qué sueñas? Quisiera bucear en tus meandros.)  No hacía falta, es cierto, pero quería quedarme. Y es que siento que te vas y no vuelves. Y quería revivir esos momentos en que era niño y tú eras la feliz alternativa a los padres. Después ambos crecimos (sobretodo yo) y esos momentos se distanciaron en el tiempo. Y, sin embargo, aún me queda esa ilusión infantil que tenía cada vez que íbamos de visita a casa de los abuelos. Por eso, yayo, porque en el fondo soy un niño como tú, esta madrugada en que sentía arena en los ojos a causa del insomnio, me he imaginado que te llevaba en tu silla de ruedas y que corríamos a toda velocidad por pasillos interminables, y que cada vez que cruzábamos una esquina el pasillo era de diferente color y no todo blanco aséptico. Y que la inercia nos hacía volar y atravesábamos nubes y océanos. Y veíamos millones de estrellas como ésta  * , y nos perdíamos allá a los lejos.

Pero imaginar no sirve de nada si uno no se lo cree.

Hace unos días, cuando vine a verte, no te encontré. Te habías ido. Pregunté a las enfermeras dónde estabas, pero no sabían. Te levantaste de la cama y anduviste. Descubriste que podías caminar, aunque te convencimos de lo contrario después de que protagonizaras una huida hace meses. Estuviste perdido un día entero, hasta que te encontró la policía caminando sin rumbo por la carretera mientras un aguacero caía justo sobre ti formándote ríos en los cauces secos de las arrugas. Te excusaste diciendo que habías ido a buscar un tesoro que sólo tú sabías dónde estaba.

Y volviste a hacerlo. Las enfermeras empezaron a dar la voz de alarma, pero les dije que no hacía falta: te acababa de encontrar. Volví a la habitación y me asomé a la ventana. Entonces te vi, solo en mitad del parque mirando al sol crepuscular. Atardecía y tu sombra era un tajo profundo en la arena.

Bajé corriendo las escaleras y atravesé la extensa superficie de tierra hasta donde te encontrabas. Tu camisón blanco reflejaba los últimos rayos del día, irradiabas luz.
    
-Yayo…

Puse mis manos sobre tus hombros, pero no te volviste. Mirabas al cielo con los ojos desorbitados. Estabas aterrado.
    
-¡El cielo está sangrando! –Gritaste de repente, y te caíste, pero conseguí sujetarte antes de que te golpearas- ¡El cielo se está muriendo! ¡Sangra, se muere!

Yo intentaba levantarte pero tú no me dejabas, no parabas de mover los brazos, me arañabas. Y chillabas. No pude aguantar más. Nos caímos y acabamos tirados en el suelo. Me esforcé en no llorar, pero no pude. Dejé caer la cabeza sobre las manos mientras tú:
    
-¡El cielo, el cielo sangra!
    
-Que no, yayo, que no – te lloraba yo-. Que es el arrebol.

En ese momento una bandada de enfermeras venía hacia nosotros.


 Todo empezó hace un par de años. Al principio se te olvidaron las fechas señaladas, el día en que vivías y dónde habías dejado tal cosa. A veces yo me enfadaba contigo porque creía que me tomabas el pelo y desconfiaba de tu memoria de pez. Pero llegó un momento en que sólo recordabas episodios de tu juventud y vivías en un mundo ya pasado. Después se te agrió el carácter y te volviste violento, no te aseabas y había que ayudarte en lo más simple. Desde entonces tu vida ha sido un continuo decaer. Así llegaste a esta reniñez en la que te encuentras. Has retrocedido en el tiempo, pasando por todos tus estadios vitales y ahora temo que vuelvas al estado de cigoto.

La enfermedad te ha robado la vida convirtiéndote en un pelele sin memoria, porque no tiene vida quien no la recuerda. Por eso escribo esta carta, para que tu vida sobreviva a la muerte y al olvido, que es otra forma de morir. Escribo por impulsos, a trozos, tropezándome con los puntos y las comas, a ráfagas frenéticas y extenuantes en las que vomito la angustia que me produce esta soledad. Y acabo exhausto preguntándome qué hago, qué escribo.

Escribo para ganarle esta batalla perdida a la carcoma que te arruinó el cerebro.

Te has muerto hoy, día de Todos los Santos –qué chiste más malo: tú, que nunca lo quisiste ser.

Estaba viéndote dormitar cuando levantaste una mano de pronto. (Mano traslúcida que muestra el entramado de tus venas azules, los tendones estirados, tus nudos de encina, la electricidad que recorre tus nervios.) Me apresuré a cogértela y tras unos segundos con la vista fija en el techo susurraste:
    
-Se me olvidó vivir.

Después me miraste y cerraste los ojos.

Miré alrededor para ver si veía tu alma saliéndose del cuerpo pero no vi nada, sólo unos destellos minúsculos.

No sé cuánto tiempo estuve así, pero recuerdo que lloré en silencio, tranquilo, olvidado de todo, como rodeado de una oscuridad quieta donde nada era. Sentí alivio –por ti y por mí- , y esa sensación me hace sentir culpable.

Y aquí estoy, con los ojos húmedos y enrojecidos, caminando por este pasillo de gélida luz cenital. Mis pasos resuenan como ecos. Dejo atrás habitaciones, vidas de las que ya no sabré, pues en unos segundos todo va a acelerarse a mi alrededor (trasiego, carreras, sábanas, desconcierto, llamadas, lloros) y ya no volveré a este lugar. Voy a avisar a las enfermeras.

Pienso, mientras doy estos pasos (acto motor que tú ya no harás), que en este momento, en alguna parte, estarán naciendo mil, cien mil niños, que reciben bofetadas en el culo como recibimiento a este mundo –y así obligarles a respirar, a vivir. Tú mueres y otros nacen. La vida no muere contigo, y no sé si eso es justo.

Pero tú no eres más que un hombre corriente, un hombre normal que vivió su vida como pudo y le dejaron, un hombre que nunca se acostumbró a vivir en la ciudad –tan lejos del mar, tan lejos-, que malvivió con dos empleos y nunca vio cumplidos sus sueños. Un hombre que nació, vivió, se reprodujo y murió; que no escribió un libro, pero sí tuvo hijos y plantó árboles. Un vencido, eterno derrotado. Un hombre como ha habido muchos, un hombre que forma parte de la  Historia de este mundo. Mi abuelo, el Yayo.

Hasta siempre, compañero del alma, compañero.


Fotografía cielo:

martes, 29 de noviembre de 2011

Yo me acuerdo de... Natalia Sabater

  Recién iniciada la carrera que tantas cosas gratas me ha dado en la vida -reconocer lo contrario sería mentir, pero también lo sería el decir que salí lo bastante preparado para desenvolverme en el mundo laboral. Claro que parece al mundo laboral yo le doy igual y como yo otros tantos. Y, además, yo siempre pensé que la universidad no es sólo para aprender un oficio, sino para formar a las personas en enseñanzas que les sean útiles para su vida futura y esto sí que es cierto, aunque puede que no sea tanto mérito de los programas universitarios si no de la vida universitaria, pero ése es otro tema, así que voy a seguir-, cuando todavía se confundía con el periodismo, me inscribí en un concurso periodístico para jóvenes, en concreto en el Concurso periodístico intergeneracional "Tienes una historia que contar". Era la primera edición y consistía (y consiste) en que un joven estudiante de periodismo o humanidades (o cualquiera carrera en la que se suponga que uno deba saber escribir bien; cosa que parece fácil pero no lo es, lo de encontrar una carrera en la que la gente escriba bien, digo, y periodismo no tiene por qué ser ejemplo de ello)escribiera un artículo sobre la vida de un anciano a quien la organización había puesto en contacto. El anciano debía decir, además, cuál era su sueño no cumplido. El estudiante, además de una enseñanza de vida, ganaba un premio en metálico y ver publicado su artículo, si no recuerdo mal.

  A mí me tocó en suerte una valenciana llamada Natalia Sabater (que en valenciano quiere decir "zapatero") que llevaba varios años viviendo en Madrid. Tenía ochenta años. Yo, dieciocho. Es decir, han pasado ya seis años de aquéllo. 

  Natalia Sabater había emigrado a Brasil, a São Paulo en concreto, y allí había pasado varios años, allí se encontró con su novio de toda la vida convertido en su marido, aunque éste no estuviera presente en la boda y allí tuvo a sus hijos. El sueño de Natalia era volver a ver las cataratas de Iguazú. 

  Fueron dos o tres sesiones las que pasé con ella, anotando todo lo que me decía, sentados en un banco en una de las calles de su barrio de Vallecas o en el centro de mayores donde iba a pasar las tardes.

  Por supuesto, no ganamos. Tampoco lo esperábamos: la sencilla historia de emigración de Natalia poco tenía que hacer con otras mucho más interesante y llamativas como la del peluquero de Franco, contiendas de la guerra civil o qué sé yo. Había varias vidas dignas de ser contadas y leídas.

  Al año siguiente, llamé a Natalia para felicitarle el cumpleaños. El mismo día, mi abuela acababa de morir. Le felicité por sus 81 años (seis más de los que tenía mi abuela) y quise saber cómo estaba su marido, un par de años mayor y que durante el tiempo que la entrevisté había pasado por malos momentos de salud, lo que había tenido a Natalia preocupada y muy frágil en alguna de nuestras entrevistas, que quizá por ello resultaron tan emotivas. Su marido estaba bien. Todos estaban bien.

  No he vuelto a hablar con Natalia Sabater. A veces pienso en hacerle una llamada. Está a punto de cumplir los 87. Pero no quiero llamarla. No quiero que me digan que ha muerto, si es que lo ha hecho. No creo que la llame, así que pasen años. Pasarán cincuenta años y yo podré seguir pensando que está viva y que todos están bien.

 El artículo lo título con uno de esos títulos poético-melancólicos que tanto me gustan y se puede leer aquí: Con goteras en el esqueleto.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Yo me acuerdo de... Los días (Days, Philip Larkin)

Days
What are days for?
Days are where we live.
They come, they wake us
Time and time over.
They are to be happy in:
Where can we live but days?
Ah, solving that question Brings
the priest and the doctor
In their long coats
Running over the fields

Días
¿Para qué sirven los días?

Los días son donde vivimos.

Vienen, nos despiertan
Una y otra vez.
Son para estar felices
en ellos.
¿Dónde podemos vivir,
sino en los días?

Ah, solucionar esa pregunta

Trae al cura y al doctor

Con sus largas chaquetas
Corriendo a través de los campos.

  Philip Larkin fue uno de los más importantes poetas británicos del siglo XX. Conocido por su estilo llano y simple para reflexionar sobre la problemática de la existencia como en éste es uno de sus más alabados poemas. Aquí, el mismo poema, leído por él mismo: 


  Pero su poema más conocido es "This be the verse" (Este es el verso), uno de los mejores poemas del siglo XX, del cual el autor estaba tan orgulloso que quería que una legión de mil chicas lo recitaran a su muerte, y cuyos primeros versos se han convertido en frase hecha que pasa de boca en boca entre adolescentes y no tanto, para describir las conflictivas relaciones entre padres e hijos (tanto, que llegó a usarse en un juicio que trataba de determinar la custodia de un hijo*): 

They fuck you up, your mum and dad. 
  They may not mean to, but they do. 
They fill you with the faults they had 
  And add some extra, just for you.


              Te joden, tu mamá y tu papá.

              Podrían no hacerlo, pero lo hacen.
              Te llenan con los defectos que tenían
              Y agregan algo extra, justo para ti.

  Por último, una animación con el poema al completo:



Artículo sobre el poeta en la Wikipedia: